Marìa Antonieta, la realidad històrica
, capas, abrigos o miriñaques aparentes, pantalones de cuero ajustados decorados con lazados que llevan con pol
María Antonieta de Austria, reina de Francia
(Viena, 1755-París, 1793)




Decimoquinta hija de los emperadores de Austria, Maria Teresa y Francisco I. En 1770 contrajo matrimonio con el delfín de Francia, Luis, que subió al trono en 1774 con el nombre de Luis XVI. No obstante, la nueva soberana de Francia nunca tuvo a su marido en gran estima, y mucho menos estuvo enamorada de él.
Mujer frívola y voluble, de gustos caros y rodeada de una camarilla intrigante, pronto se ganó fama de reaccionaria y despilfarradora. Ejerció una fuerte influencia política sobre su marido y, en consecuencia, sobre todo el país.
En 1781 tuvo a su primer hijo varón, y a partir de entonces residió en el palacio independiente de Trianon. Dejó de recibir en audiencia a la nobleza, acentuando la animadversión de las clases altas hacia su persona. Ignoró la crisis financiera por que atravesaba el país y desautorizó las reformas liberales de Turgot y Necker. No tuvo contemplaciones con las masas hambrientas que se concentraban ante el palacio de Versalles y envió contra ellas a sus tropas.
El pueblo siempre pensó que su reina servía a los intereses austriacos. Puso al rey contra la Revolución, y fue apoyada en sus ideas monárquicas por Mirabeau y Barnave. Rechazó las posibilidades de acuerdo con los moderados y procuró que el rey favoreciese a los extremistas para enconar aún más la lucha. Al parecer, deseaba que estallase el conflicto bélico entre Francia y Austria, esperando la derrota francesa.
En 1792 fue detenida y encarcelada junto con Luis XVI en la prisión del Temple. La Convención ordenó la ejecución del soberano el 21 de enero de 1793, mientras ella era trasladada a la Conserjería y separada de sus cuatro hijos. Condenada a la pena capital, murió en la guillotina el 16 de octubre de 1793.
Marìa Antonieta, el personaje
Su título nobiliario era el de archiduquesa. Su nombre completo fue María Antonieta Josefa Juana de Lorena y nació el 2 de noviembre de 1755 en el Palacio Imperial de Viena. Hija del emperador de Austria Francisco I y de María Teresa, María Antonieta fue apadrinada por sus hermanos José y Mariana, en nombre de los reyes de Portugal.
María Antonieta era una niña alegre y juguetona, bonita y pizpireta; era algo distraída, pero esto se entendía. Por otro lado era inteligente, sin llegar a ser sobresaliente. No era una persona inclinada a ocuparse de cosas serias, simplemente iba tomando las cosas a como iban pasando.
Es indudable que la archiduquesa debía ser educada para ser reina. Muy pronto tendría que pasar de la vida libre y familiar a la que estaba acostumbrada en Viena, a la vida típica y ceremonial de la corte francesa.
Su instructor, el abate Vermond era quien se encargaba de la educación de la princesa. Veía que era muy viva y de gran ingenio, pero bastante distraída y perezosa. Tenía instrucción escasa y, a pesar de todo, era simpática y encantadora.
Sus primeras lecciones fueron sobre literatura y dominio de la lengua francesa. Intentaba a acostumbrarla a concentrar su atención en asuntos de interés general, pero poco conseguía. María Antonieta era una muchacha muy inquieta.
Cuatro años fue María Antonieta delfina de Francia; en 1774 dejaría de serlo para convertirse en reina. El 10 de mayo de ese año moriría, víctima de viruela, el viejo Luis XV. Un nuevo mundo se abría ante María Antonieta y para los franceses.
La muerte del rey era para sus súbditos un alivio. Ahora tendrían como guía un joven del que todo se esperaba; su sencillez y su modestia prometían días de bienestar para la pobre y decaída Francia, pero ni Luis XVI ni su esposa se preocuparon de Francia.
El rey tenía veinte años cuando subió al trono; era alto, rechoncho, torpe y tímido; la caza era para él más interesante que cualquier otra cosa, incluidos los asuntos del Estado. La bondad y la buena voluntad eran sus virtudes, pero ambas se veían opacadas por una inteligencia bastante mediana y un carácter pusilánime.
María Antonieta, por otro lado, a quien su madre no dejaba de aconsejar por carta para que se interesara por el gobierno de su país, rindió sus buenas cualidades ante la pereza y vanidad. Jamás quiso molestarse por dirigir la política francesa y sí, en cambio, llamar la atención en el campo de la coquetería, los trajes, los peinados, los bailes y los juegos, que eran su mundo.
Los despilfarros de la corte eran exagerados. Al principio del reinado se había intentado resarcir la economía, pero los programas, como los «pactos», no habían tenido efecto práctico alguno. Había, como lo sigue habiendo ahora, infinidad de cargos palaciegos; la casa civil del rey estaba compuesta por 4,000 personas , y, la militar por 10,000 gentes.
Además, los sueldos reglamentarios, las pensiones y los donativos, los subsidios y los sobresueldos ocasionaban grandes dispendios. Por ejemplo, en una semana se llegaban a otorgar 128,000 libras de pensión exclusivamente en lo que concernía a las damas de la corte.
En 1777 aún no se había consumado el matrimonio de Luis XVI y María Antonieta. El peligro que acechaba a la reina, rodeada de jóvenes galantes, era evidente. Algo se tenía que hacer. Ese año visita Francia José II, emperador de Austria, junto a su madre María Teresa.
Nuevamente la madre de María Antonieta le hace ver que tiene que hacer algo. Su hermano también hace lo mismo. Le dan buenos consejos, aunque ella poco los toma en cuenta. Deseaban que fuese una reina dedicada, trabajadora y razonable, pero María Antonieta no era de ese carácter.
Si bien no lograron mucho en sus consejos, lograron fue que con sus reflexiones condujeran a María Antonieta a la consumación del matrimonio. El 19 de diciembre de 1778 nacería una princesa y, aunque no era el ansiado heredero al trono, las fiestas fueron innumerables.
La situación económica de Francia era inaguantable: la administración confusa y heterogénea, estaba dominada por la trivialidad y la corrupción; la justicia se administraba de un modo sumamente parcial y arbitrario; la nobleza y el clero poseían privilegios de abuso; el comercio estaba lleno de trabas; el campesino y el obrero se hallaban en la miseria y pedían pan como primera solución a sus problemas.
A pesar de todo, los franceses no pensaban todavía en una República. Todas sus ansias iban encaminadas a reorganizar la monarquía, a reformar la administración del país en todos sus aspectos. Aún creían en que los de arriba podían hacer algo, pero poco a poco se dieron cuenta de que no era así.
En marzo de 1785 nace el príncipe Luis, que había de ser proclamado delfín a la muerte de su hermano. Al año siguiente tuvo María Antonieta su último hijo, la princesa Sofía Beatriz, que sólo vivió once meses.
El 5 de mayo de 1789 tiene lugar en Versalles la solemne ceremonia de apertura de los Estados Generales. Los reyes acuden a la inauguración y María Antonieta se ve obligada a soportar la frialdad, los desaires y hasta abucheos de la gente. Por otro lado y al mismo tiempo, su hijo mayor languidecía en su lecho de muerte.
Nobleza, clero y pueblo (las tres órdenes que constituían los Estados Generales) no se ponen de acuerdo. El 17 de junio, el tercer Estado, el pueblo, se constituye en Asamblea Nacional, y el 20 proclama el principio de revolucionario de la soberanía del pueblo. El 9 de julio la Asamblea toma el calificativo de Constituyente y se crea una comisión que trabaje para la formulación y redacción de una Constitución. El 14 de julio el pueblo de París, amotinado, se apodera de la Bastilla, la prisión del Estado. Empieza la revuelta y la libertad de Francia.
A principios de 1790 muere su hermano, el emperador José II. Con él pierde María Antonieta su más fuerte apoyo en el extranjero. Todo se desmorona, los reyes tienen que regresar a París. El viaje de vuelta es lento y penoso. Su entrada a París se ve plagada de insultos y vituperios para ambos, aunque especialmente todos dirigidos a María Antonieta.
Más tarde, todo vuelve a derrumbarse. Al triunfo de la República, toda esperanza muere para Luis XVI. Era el 21 de septiembre de 1792. Poco después el rey era separado de su familia, sometido a proceso y condenado y sentenciado a muerte. El 20 de enero de 1793 se le permite reunirse con su familia. Se trataba de la despedida. Al día siguiente el rey era guillotinado en la plaza de la Revolución, hoy plaza la de Concordia.
María Antonieta es guillotinada el 16 de octubre de 1793. Vestida de blanco, cubiertos sus cabellos por una cofia, María Antonieta recorre el camino desde la Conserjería hasta la plaza de la Revolución (La Concordia), sobre la carreta del verdugo, afrentando las burlas de la gente.
El Versalles de Marìa Antonieta
El Palacio de Versalles, a 24 km. al oeste de París, fue el sueño de fuga de Luis XIV, el
Rey Sol, que veía como París se volvía cada día más bullicioso, repleto de gente y poco atractivo para la tranquilidad. Con la idea de establecer un nuevo sitio que conservara el aire aristocrático y elitista de la tranquilidad privada, mandó construir Versalles. Su gran tamaño se debe a la necesidad de trasladar a la corte completa que, con sus damas, sirvientes, cocineros y guardias contaría alrededor de 20,000 personas. Versalles es el símbolo por excelencia de los excesos cometidos por la monarquía, del ocio, de la decadencia moral, pero es también un sitio recargado de belleza, de salas para usos específicos, de tradición e historias palaciegas que no distinguen entre la realidad y la leyenda.
La moda la dicta Francia
Desde el Gran Siglo de Luis XIV y su fastuosa y extravagante corte, Francia no ha dejado de llevar la voz cantante de la moda. Nacida en París a finales del siglo XIX, la Alta Costura vino a coronar esta supremacía. Todavía hoy es una de las especialidades francesas, que no duda en nutrirse de talentos extranjeros.
Peinada, empolvada y perfumada, con miriñaques y encajes, sus
"El ministro de la moda"
Razones suficientes para suscitar el interés del responsable de asuntos británico, que no dejó de señalar en Londres esta agresión dirigida al comercio francés: "Se han prohibido los bordados y perifollos. La altura del peinado no puede superar las dos pulgadas y media. El enorme incremento de los artículos de moda de Francia ha sido la primera razón de esta reforma del atuendo femenino", relató sir James Harris añadiendo que la cólera de la zarina se dirigía también a su nuera, la gran duquesa Marie Feodorovna, "totalmente enamorada de Francia y de sus modas", que había vuelto de París "con doscientas cajas llenas de gasas, pompones y otros artículos de vestido y tocador" y se escribía regularmente con Mlle. Bertin, esa joven modista llena de talento de la que Marie Antoinette, apenas llegada a Versalles para casarse con Luis XVI, se había encaprichado y a la que los parisinos llamaban "el ministro de la moda".
En el siglo XVIII, la moda francesa se generaliza en todos los países; pero empiezan a perfilarse influencias inglesas.
Durante los reinados de Luis XV y Luis XVI fue costumbre empolvarse los cabellos con harina de arroz, que daba un color gris; casi todos parecían de la misma edad; la costumbre favorecía la suciedad del cuerpo.
Hacia 1780 el calzón masculino, antes ancho, se puso enteramente ajustado al muslo; los tirantes no se generalizaron hasta 1792 Los redingotes llegaron a París desde Inglaterra, en 1725; sólo se llevaban en los viajes .
En 1719 apareció el miriñaque de las mujeres, primero en París procedente de Inglaterra, y se generalizó por influencia de la gente de teatro; imperó más de 40 años. Al principio se usaron aros de hierro o de madera, que fueron sustituidos por barbas de ballena. Para un miriñaque común se usaban unos cinco aros, y los ingleses empleaban hasta ocho .Simultáneamente con él apareció el corsé . Se usaba poco el pantalón por las mujeres en la ropa interior .Según un conocedor, esta prenda sólo se empezó a generalizar en 1575 .
¿Còmo era Marìa Antonieta?
Marìa Antonieta es descrita como una joven " de exquisito rostro oval, un cutis entre el lirio y la rosa, unos ojos azules y vivos, (...) cuello largo y caminar de una joven diosa". Horace Walpole escribió "sólo había ojos para María Antonieta. Cuando está de pie o sentada, es la estatua de la belleza; cuando se mueve, es la gracia en persona. Se dice que, cuando danza, no guarda la medida; sin duda, la medida se equivoca".
Según Stephen Zweig autor de una de las màs famosas biografías sobre esta reina ..”el error fatal de María Antonieta: quería triunfar como mujer, en vez de hacerlo como reina; sus pequeños triunfos femeninos eran más importantes para ella que los grandes y trascendentales de la Historia Universal; y como su frívolo corazón no sabía dar a la idea de la realeza ningún contenido espiritual, sino sólo una forma perfecta, se le empequeñeció entre las manos una gran misión, se le convirtió en un juego pasajero: un gran destino en un papel de teatro.
Ser reina, para la María Antonieta de diecinueve irreflexivos años, significa exclusivamente ser la mujer más elegante, más coqueta, la mejor vestida, la más adulada, y ante todo la más divertida de toda la corte; ser el arbiter elegantiarum, la mundana que imprime el tono a aquella sociedad distinguida y ultrarrefinada, que vale, a sus ojos, por el mundo entero.
Durante veinte años representa comedias en su escenario particular de Versalles, el cual, como una senda de flores japonesas, se alza sobre un abismo; enamorada de sí misma, representa, con gracia y buen estilo, los papeles de prima donna, de perfecta reina del rococó. Mas ¡qué pobre es siempre el repertorio de este teatro de salón! Un par de menudas coqueterías efímeras, algunas tenues intrigas, muy poco espíritu y mucha danza. Aquella ciega mujer no sale jamás de su papel; no se cansa de aturdir constantemente, con nuevas naderías, a su alocado corazón; hasta cuando del lado de París retumban ya, amenazadores, los truenos sobre los jardines de Versalles, no cesa ella en su juego.
En el curso de estos juegos y pasatiempos, no tiene ningún auténtico compañero como rey a su lado, ningún verdadero héroe como pareja en la representación; sólo un auditorio, siempre el mismo, esnob y aburrido, mientras por fuera de la adorada puerta de la verja un pueblo de millones de hombres confía en su soberana.
La idea de María Antonieta, o más bien su falta de idea al creer que casi durante veinte años se puede sacrificar lo esencial a lo insignificante, el deber al goce, lo difícil a lo fácil, Francia al pequeño Versalles, el mundo real a su mundo de juguete, esta falta histórica es casi inconcebible. Para comprender plásticamente su falta de sentido, lo mejor es echar mano de un mapa de Francia y trazar a11í el estrecho campo de acción dentro del cual consumió María Antonieta los veinte años de su reinado. El resultado es asombroso, pues este círculo es tan pequeño que, en medio del mapa, apenas es más que
un puntito. Entre Versalles, Trianón, Marly, Fontainebleau, SaintCloud, Rambouillet, seis palacios dentro de un espacio ridículamente pequeño, a pocas horas de camino unos de otros, gira incansablemente, de uno a otro lado, la dorada peonza del inquieto aburrimiento de la reina. Ni una sola vez sintió María Antonieta en lo espacial, como tampoco en lo espiritual, la necesidad de franquear este polígono en que la mantiene encerrada el más estúpido de todos los demonios: el demonio del placer. Ni una sola vez, en casi la quinta parte de un siglo, satisfizo la soberana de Francia el deseo de conocer su propio reino, de ver las provincias cuya reina es; el mar que baña sus costas, las montañas, las fortalezas, las ciudades y catedrales, el país vasto y diverso. Ni una sola vez le roba una hora de tiempo a su ociosidad para visitar a uno de sus súbditos, o, por lo menos, para pensar en ellos; ni una sola vez pisa los umbrales de una casa burguesa; todo este mundo verdadero, ajeno a su círculo aristocrático, era de hecho, para ella, como no existente.
Que a todo alrededor de la ópera de París se tienda una ciudad gigantesca, densamente llena de miseria y descontento; que detrás de los estanques de Trianón, con sus patos chinos, sus bien cebados cisnes y sus pavos reales; detrás de la limpia y adornada aldea de decoración de teatro, proyectada por el arquitecto de la corte, el hameau, caigan en ruina las verdaderas casas de aldeanos y estén vacíos los graneros; que al otro lado de las doradas verjas de su parque millones de hombres del pueblo trabajen y pasen hambre, pero siempre esperando, María Antonieta no lo ha sabido jamás. Acaso sólo esta ignorancia y esta voluntad de ignorar todo lo trágico y triste del mundo podía dar al rococó aquella gracia seductora, aquel encanto leve y despreocupado; sólo quien desconoce la gravedad del mundo puede jugar tan dichosamente. Pero una reina que se olvida de su pueblo, se atreve a jugar con gran riesgo. Una sola pregunta le hubiera revelado a María Antonieta cómo era el mundo; pero no quería preguntar. Una sola ojeada al carácter de la época, y lo hubiera comprendido: pero no quería comprender.
Quería permanecer en su aislamiento alegre, juvenil y sin ser importunada. Dirigida por
un fuego fatuo, gira incansablemente a la redonda, y con sus marionettes de corte, en medio de una cultura artificial, consume los años decisivos, y que no pueden recuperarse, de su vida.
Llevada del cuarto de los niños al lecho nupcial; llamada de la noche a la mañana, y como en un sueño, de las habitaciones interiores de un palacio al poder supremo; aún no acabada de formar, aún no despierta espiritualmente, esta alma sin malicia, no muy fuerte, no muy lúcida, se siente de repente, a manera de un sol, rodeada por la danza de planetas de la admiración. ¡Y qué miserablemente bien ejercitada está esta gente del dix-huitième para seducir a una mujer joven!.
Desde el primer día de su reinado, María Antonieta flota en lo alto de la nube de incienso de una ilimitada idolatría. Lo que dice pasa por sabio; lo que hace, por ley; lo que desea es cumplido. Si tiene un capricho, a la mañana siguiente está convertido ya en una moda. Si hace una tontería, toda la corte la imita entusiasmada. Su presencia es el sol de esta muchedumbre vana y ambiciosa; su mirada es un regalo; su sonrisa, una ventura; su llegada, una fiesta. Cuando tiene una recepción, todas las damas, las más viejas como las más jóvenes, las más distinguidas como las que acaban de ser presentadas en la corte, hacen los esfuerzos más convulsos, los más divertidos, los más ridículos, los más bobos, para atraer sobre su persona, aunque no sea más que por un segundo, la atención de la reina; para pillar una amabilidad, una palabra, y si no puede ser esto, por lo menos para ser notada y no pasar sin ser vista.
En la calle, una y otra vez la aclama el pueblo, que confía en ella, agolpándose en tropel a su paso; en el teatro, se levanta para saludarla la totalidad del auditorio, desde la primera localidad hasta la última, y cuando pasa por la Galería de los Espejos ve en ellos, magníficamente vestida y elevada en las alas de su propio triunfo, a una mujer joven y linda, despreocupada y feliz, más hermosa que la más hermosa de la corte, y con ello -ya que confunde aquella corte con el mundo- la más hermosa de la tierra.
María Antonieta. La más despreocupada de las despreocupadas, la más derrochadora entre las derrochadoras, y entre las mujeres elegantes y coquetas la más lindamente elegante y la más consciente coqueta, vino a expresar en su propia persona, de un modo inolvidable y con una precisión verdaderamente documentaria, las costumbres y la artística forma de vivir del dix-huitième. «Es imposible -dice de ella madame de Staël- poner más gracia y bondad en la cortesía. Posee una especie de sociabilidad que nunca le permite olvidar que es reina, y siempre hace como si lo olvidara.» En ella culmina y termina el siglo XVIII.
¿Cuál es el primer cuidado de la reina del rococó cuando se despierta por las mañanas en su palacio de Versalles? ¿Las noticias de la ciudad y del Estado? ¿Las cartas de los embajadores, el saber si han vencido los ejércitos o si se le ha declarado la guerra a Inglaterra? En modo alguno; María Antonieta, como de costumbre, no ha regresado a casa hasta las cuatro o las cinco de la madrugada; ha dormido pocas horas; su inquietud no necesita de mucha quietud. El día comienza ahora con una importante ceremonia. La
camarera principal, que tiene a su cargo el guardarropa de la reina, penetra en la cámara con algunas camisas, pañuelos y toallas para la toilette matinal, llevando a su lado a la primera doncella. Ésta se inclina y tiende a la reina un libro en folio, en el cual están colocadas, sujetas con alfileres, una muestrecilla de cada uno de los trajes existentes en el guardarropa. María Antonieta tiene que decidir qué traje desea ponerse aquel día. Elección dificultosa y rica en responsabilidades, porque para cada estación están prescritos doce nuevos trajes de gala, doce vestidos de fantasía, doce trajes d ceremonia, sin contar los otros cientos que son adquirido todos los años (¡piénsese en la deshonra que sería para un reina de la moda el llevar varías veces el mismo vestido!) Además, las
batas de casa, los corsés, las pañoletas de encaje y los fichúes, las cofias, abrigos, cinturones, guantes, medias y enaguas procedentes del invisible arsenal del cual se ocupa todo un ejército de costureras y doncellas.
Habitualmente, la elección dura largo tiempo; por último son señaladas, por medio de alfileres, las muestras de las toilettes que María Antonieta desea ponerse aquel día: el traje de corte para la recepción, el desha billé para la tarde, el traje de sociedad para la noche. La primera preocupaciön está ya despachada, y llevan fuera el libro con las muestras de tela y traen, en su original. los trajes elegidos.
No es milagro, con toda la importancia de la toilette, que la modista principal, la divina mademoiselle Bertin, alcance mayor influjo sobre María Antonieta que todos los ministros; a éstos se les puede sustituir por docenas; aquélla es incomparable y única. Cierto que por su origen no es más que una vulgar costurera, procedente de la más baja clase del pueblo; ruda. orgullosa de su valer, sabiendo usar los codos para subir y más bien ordinaria que de maneras finas, esta maestra de la haute couture tiene a la reina completamente en su poder. A causa de ella, dieciocho años antes de la verdadera Revolución, se fragua en Versalles un revolución palaciega: mademoiselle Bertin salta por encima de las prescripciones de la etiqueta que prohíbe a una persona burguesa la entrada en los petits cabinets de la reina; esta artista, en su género, alcanza lo que Voltaire y todos los poetas y pintores del tiempo no lograron jamás: ser recibida a solas por la reina. Cuando aparece, dos veces por semana. con sus dibujos. María Antonieta abandona a sus nobles damas de honor y se encierra, para un consejo secreto, con la venerada artista en lo más recogido de sus habitaciones privadas. para lanzar con ella una nueva moda, aún más disparatada que la anterior.
La inquietud en el país, las cuestiones con el Parlamento, la guerra con Inglaterra, no agitan, ni con mucho, tanto a aquella sociedad cortesana como el nuevo color pulga que mademoiselle Bertin pone a la moda, que un corte atrevidamente sesgado de la falda à paniers o un nuevo matiz de seda por primera vez producido en Lyon.
Toda dama que se considere en algo se siente obligada a seguir paso a paso estas monerías de la extravagancia, y un marido se queja, suspirando: «Jamás las mujeres de Francia han gastado tanto dinero para ponerse en ridículo» .
Pero ser reina en esta esfera lo considera María Antonieta como el primero de sus deberes. Al cabo de un trimestre de reinado, la princesita ha ascendido ya a la categoría de muñeca a la moda del mundo elegante, como modelo de todos los trajes y peinados; por todos los salones, por todas las cortes, resuenan sus triunfos. A la verdad, llegan también hasta Viena, donde producen un eco poco alegre. María Teresa, que querría para su hija más dignas tareas, le devuelve con enojo al embajador un retrato que muestra a su hija adornada a la moda y con exagerado lujo, diciendo que será el retrato de una cómica y no el de una reina de Francia. Enojada amonesta a su hija, aunque, a la verdad, siempre en vano: « Ya sabes que siempre fui de opinión que se deben seguir moderadamente las modas, pero sin exagerarlas jamás. Una mujer joven y bonita, una reina llena de gracia, no necesita de esas locuras; al contrario, la sencillez del vestido le sienta mejor y es más digna de la categoría de una reina.
Segundo cuidado de cada mañana: el peinado. Dichosamente, se dispone también aquí de un alto artista, el señor Léonard, el inagotable a insuperado Fígaro del rococó. Como un gran señor, se traslada todas las mañanas, en carroza de seis caballos, de París a Versalles, para demostrarle a la reina, con el peine, lociones para el cabello y pomadas, su siempre noble y diariamente renovado arte.
Con gigantescas agujas y un enérgico empleo de pomada se encaraman primeramente los cabellos, desde su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusiano; después, en este espacio aéreo, a medio metro por encima de las cejas, comienza realmente el imperio plástico del artista. No sólo paisajes completos y panoramas, con frutas, jardines, casas y navíos en movidos mares, toda una visión multicolor del universo, modelado con el peine sobre esos poufs o ques-à-quo (así se llaman, según un libelo de Beaumarchais), sino que también, para hacer la moda más rica en cambios, estas construcciones representan simbólicamente los acontecimientos del día.
Todo lo que ocupa a aquellos cerebros de colibrí, lo que llena aquellas cabezas de mujer, en general vacías, tiene que ser anunciado por el peinado. ¿Produce sensación la ópera de Gluck? Al instante inventa Léonard una coiffure à la lphigénie con negras cintas de luto y la media luna de Diana. ¿Es vacunado el rey contra la viruela? Pronto aparece representado este acontecimiento emocionante por medio de los pouf de l’inoculation. Llega la insurrección americana a ponerse a la moda, y al punto es la vencedora del día la coiffure de la libertad; y, cosa aún más vil y estúpida, cuando son saqueadas las panaderìas de Parìs durante la crisis del hambre, esta frívola sociedad de cortesanos no sabe hacer nada más importante que mostrar este suceso en los bonnets de la révolte.
Estas edificaciones artificiales sobre las huecas cabezas ascienden cada vez más locamente. Poco a poco, las torres capilares, gracias a ocultos refuerzos y a postizos mechones, se hacen tan altas, que las damas que las llevan ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las faldas, pues en otro caso el precioso edificio capilar tropezaría con el techo del carruaje.
En los palacios se hacen más altos los dinteles de las puertas, a fin de que las damas en gran toilette no necesiten siempre inclinarse al pasar por ellas; en los palcos de los teatros se aboveda el techo. El especial tormento que estos moños ultraterrestres constituyen para los amantes de tales damas es cosa sobre la cual se encuentran pasajes divertidos en las sátiras contemporáneas.
Ámese Leònard continùa edificando cada vez a mayo altura, hasta que al todopoderoso se le ocurre cortar aquella moda, y al año siguiente son demolidas las torres, cierto que para ceder el puesto a una moda aún más costosa: la de las plumas de avestruz.
Tercer cuidado: ¿puede cambiarse siempre de vestido sin hacer lo mismo con las alhajas correspondientes? No, una reina necesita mayores diamantes, perlas mucho más gruesas que las de todas las otras damas. Necesita más anillos, sortijas, pulseras y diademas, cordones de piedras finas para los cabellos, más hebillas para el calzado o guarniciones de diamantes para los abanicos pintados por Fragonard, que las que ostentan las mujeres de los hermanos más jóvenes del rey y las otras señoras de la corte. Verdad que tiene ya los ricos diamantes recibidos de Viena, como dote, y toda una arquilla con joyas de familia que Luis XV le regaló cuando la boda. Mas ¿para qué sería reina sino para comprar piedras preciosas siempre nuevas, más bellas y caras? María Antonieta, lo sabe todo el mundo en Versalles -y ha de mostrarse pronto que no es bueno que todo el mundo hable y cuchichee acerca de ello-, está loca por las alhajas.
Bassenge, le muestra, en estuches de terciopelo, sus últimas obras de arte: hechiceros pendientes, anillos y broches. Fuera de eso, estas buenas gentes nunca le presentan dificultades para sus compras. Saben honrar a la reina de Francia, cierto que cobrándole doble precio, pero abriéndole crédito. María Antonieta contrae deudas por todas partes; claro que en caso de necesidad sabe que contribuirá al pago el ahorrativo esposo.
Los diamantes cuestan dinero, las toilettes cuestan dinero, y aunque el bondadoso esposo, en el momento de ascender al trono, ha duplicado el apanage de su mujer, este cofrecillo, ricamente henchido, debe tener un agujero por alguna parte, pues siempre reina en él un espantoso vacío.
¿Cómo procurarse el dinero? Para los aturdidos, el demonio ha inventado felizmente un
paraíso: el juego. Antes de María Antonieta, el juego en la corte real era aún una distracción inocente; algo como el billar o la danza: se jugaba al nada peligroso lansquenet con apuestas insignificantes. María Antonieta descubre, para sí y para los otros, el famoso faraón, que conocemos por Casanova como el campo de caza elegido por todos los trapaceros y estafadores. El que una orden del rey, expresamente renovada, haya prohibido bajo pena de multa todo juego de azar, es indiferente a estos puntos: la Policía no tiene acceso a los salones de la reina. Esta frívola pandilla seguirà jugando ... y los camareros tienen el encargo, caso de que venga el rey, de dar inmediatamente la señal de alarma. Entonces, como por encanto, desaparecen las cartas debajo de la mesa, no se hace más que charlar, todos se ríen del buen hombre y continúa la partida..
Pero los trajes, el adorno y el juego no llenan más que la mitad del día y la mitad de la
noche. Otro cuidado traza la aguja del reloj en el doble círculo de las horas. ¿Cómo divertirse? Salen a caballo, cazan, primitivo placer de príncipes; en todo caso, la reina, al hacerlo, se acompaña pocas veces del propio esposo (¡es tan mortalmente aburrido!), sino que prefiere elegir al alegre cuñado D'Artois y a otros cortesanos. A veces, por broma, cabalgan también en burros, cosa que, a la verdad, no es tan distinguida; pero, en cambio, si una de tales grises cabalgaduras se encabrita, puede una caer de la manera más encanta dora y mostrar a la corte los dessous de encajes y las bien forma das piernas de una reina. En invierno, con buenos abrigos, se dan paseos en trineo; en verano se divierte uno, por la noche, con fuegos de artificio y bailes campestres, lo mismo que con conciertos nocturnos en el parque.
Que después cualquier malicioso cortesano escriba una brochure en verso sobre las aventuras nocturnas de la reina, Le Lever de l'Aurore, ¿qué importancia tiene? El rey, el indulgente esposo, no se encoleriza por tales alfilerazos, y se ha divertido una mucho.
Desde que aparece una moda nueva, María Antonieta es la primera en prestarle acatamiento; apenas el conde D'Artois trae de Inglaterra las carreras de caballos -su única iniciativa en favor de Francia -, cuando ya se ve a la reina en las tribunas, rodeada por docenas de fatuos jóvenes anglómanos, apostando, jugando y apasionadamente excitada por esta nueva manera de poner en tensión los nervios.
Su diversión favorita, entre cien otras que van cambiando, la única que permanece ciegamente encantada largo tiempo, es aquella que, en todo caso, pudiera ser la más peligrosa para su reputación: las redoutes de máscaras. Disfrazada de Artemisa o con un coquetón dominó, se puede ascender desde las glaciales alturas de la etiqueta hasta la anónima y cálida muchedumbre, sentir el aliento de la ternura, la proximidad de la seducción, estremecerse hasta el tuétano con idea del peligro en que ya se está a medias caído; bajo la protección de la máscara se puede, durante una media hora, coger del brazo de algún joven y elegante gentleman, o mostrar, con algunas atrevidas palabras, al embelesador caballero sueco Hans Axel von Fersen.”
, capas, abrigos o miriñaques aparentes, pantalones de cuero ajustados decorados con lazados que llevan con polainas o botas. Los
ainas o botas. Los

