El cine y Hollywood

El nacimiento del cine en EEUU

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En ningún otro negocio hay un solo ejemplo de un producto completamente creado con una inversión de millones de dólares sin la, seguridad real de que el publico lo compre. En ningún otro negocio el publico 'usa' el producto y luego se va... sólo con el recuerdo del mismo. En el sentido más real, es una industria que se basa en los sueños.

 

Sería fácil suponer que la industria cinematográfica es una de las industrias de medios de comunicación más importantes porque la publicidad en tomo alas celebridades de las películas capta un gran nivel de atención. Con frecuencia es sorprendente saber que resulta la cantidad más baja de ingresos de la industria de los medios masivos de comunicación (cerca de 4 por ciento).

Las películas y las estrellas cinematográficas necesitan la atención del público porque el auditorio determina si la película fue un éxito o un fracaso. Las películas son inversiones muy costosas y en la mayor parte de ellas los roductores pierden dinero.

Por lo tanto, con frecuencia los inversionistas prefieren a los talentos "vendibles" que harán la continuación de una película, en lugar de los nuevos talentos sin probar.

Además, inclusive las películas que presentan aun talento reconocido pueden fracasar; nadie en la industria cinematográfica puede pronosticar qué películas tendrán éxito.

 

En su forma más simple, la película es el cambio de imágenes luminosas para ganar corazones en las salas oscuras. En su forma más compleja, es una inversiòn comercial masiva, una enorme empresa creativa que requiere la disciplina logística de los militares, los pronósticos financieros de la Reserva Federal y la tolerancia psicològica del clero, todo utilizado en privado en favor de la narraciòn de una historia.

 

En la industria cinematográfica, la idea es hacer películas que atraigan a vastos auditorios que acumulativamente paguen el dinero suficiente por el privilegio de verla, de modo que todos los costos implicados en la creaci6n de esa película se paguen, y aún queden reservas suficientes para hacer más películas. El motor del trabajo es el beneficio, pero la fòrmula que atrae a los auditorios es tan evasiva como solo ella puede serlo.

Las películas reflejan la sociedad que las crea. Algunas ofrecen un mensaje político subyacente. Otras reflejan los valores sociales en cambio. y otras películas son un buen entretenimiento. Pero todas necesitan del público para tener éxito.

Al igual que otras industrias de medios de comunicación, la cinematográfica ha tenido que adaptarse a la cambiante tecnología. Antes del invento de la televisión, las películas eran la forma principal de entretenimiento visual. En la actualidad, los efectos especiales (algo que rara vez se muestra en televisión) son la vía mediante la cual la industria cinematográfica compite con la televisión por audiencia y dinero. Pero los efectos especiales, además de ser muy costosos, no son apropiados para todas las películas. En la actualidad, la economía de la creación de películas es muy importante .

 Captura del movimiento en una película: cómo comenzó el cine

Las películas se inventaron en una época en que la industria estadounidense daba la bienvenida a cualquier aparato, por lo que los inventores trataban frenéticamente de obtener patentes de aparatos electrónicos y eléctricos. La cámara y el proyector de película con movimiento fueron dos de los nuevos aparatos de la Revolución industrial.

Los primeros inventores nutren la industria cinematográfica.

 

Las películas no fueron invento de una sola persona.

Todas las primeras películas eran grabaciones mudas en blanco y negro. Recién en la década de 1920 se les introdujo sonido y los experimentos a colores comenzaron en la década siguiente. Dos realizadores independientes fueron quienes introdujeron el arte en la filmación de las películas: Georges Mélies y Edwin s. Porter.

El realizador francés Georges Mélies agregó fantasía a las películas. Antes de él, los realizadores sólo fotografiaban escenas teatrales o eventos de la vida cotidiana. Pero Mélies, que era mago y caricaturista antes de convertirse en creador de cine, realizaba trucos con la cámara mediante los cuales los personajes aparecían y desaparecían, o aumentaban o luego disminuían de tamaño. La película de Mélies de 1902, A Tríp to the Moon, fue la primera aventura fílmica en el espacio exterior, llena de criaturas de fantasía. Cuando sus películas, que se conocieron como películas con trucos, se presentaron en Estados Unidos, los realizadores estadounidenses se apropiaron de sus ideas.

Edison contrató al proyeccionista Edwin S. Porter en 1899; y en la década siguiente Porter se convirtió en el realizador de películas más importante de los Estados Unidos. Hasta su ingreso a la industria, la mayor parte de las películas estadounidenses contenían trucos o eran cortometrajes documentales que presentaban eventos noticiosos (aunque algunos realizadores utilizaban temas excitantes, como Pajama Gírl y Corset Gírl ) para complacer al público masculino, que era el más fanático de las películas). En 1903, Porter produjo The Great traín Robbery, una película de acción con bandidos que asaltaban un tren a gran velocidad.

 

En lugar de usar una sola locación como la mayoría de los realizadores, Porter filmó en 12 escenarios distintos. También introdujo el uso de disolvencias entre imágenes en lugar de empalmes abruptos. Las técnicas de filmación de Porter (acción y diversas locaciones) presagiaban la tradición de narración de historias, clásica en las películas de Estados Unidos.

Nace el sistema de estudio

Ninguno de los actores de las primeras películas recibía crédito en pantalla, pero entonces los fanáticos empezaron a escribir cartas a la estrella de Biograph, Florence Lawrence, dirigidas a "La Chica Biograph".. En 1909, Carl Laemmele. Formó una compañía productora independiente, robó a Florence Lawrence de Biograph y le dio su crédito en pantalla, lo cual la convirtió en la primera estrella cinematográfica de Estados Unidos.

Biograph fue la primera compañía que realizó películas usando el sistema de estudio. El sistema de estudio consistía en que un estudio contrataba bajo una cláusula  de exclusividad un grupo de estrellas y personal de producción al que se le pagaba un salario regular, por lo cual no podían trabajar para ningún otro estudio sin autorización de su empleador.

En 1901, Laemmle ganó a Mary Pickford de Biograph, al ofrecerle duplicar su  salario. Según el experto en películas Robert Sklar, descubrió que "las estrellas vendían películas como nadie más podía hacerlo. Mientras que los cines cambiaban diariamente sus programas (y la práctica siguió en los cines de barrio y pueblos pequeños hasta la década de 1920), hacer que el público reconociera los nombres de las estrenas era la única forma eficaz de publicidad para ganar auditorio".

El sistema de estrellas que promovía a personalidades cinematográficas para atraer público fue alimentado por .las compañías independientes, lo cual permitió llevar el atractivo de las películas más allá de la clase trabajadora. En los suburbios comenzaron a aparecer salas cinematográficas. En 1914, el presidente Woodrow Wilson y su familia presenciaron una película popular en la Casa Blanca. Entre 1908 y 1914 se duplicó el público que asistía al cine.

D. W. Griffith introduce lo espectacular:

En 1915 surgió el primer gigante real de las películas mudas, el director O. W. Griffith, que introdujo el concepto de entretenimiento espectacular. Estas películas eran tan ambiciosas, tan grandiosas, que nadie podía ignorarlas.

La extensión de la mayor parte de las primeras películas era de dos carretes, es decir, 25 minutos. Al principio, Griffith realizaba producciones de dos carretes, pero luego amplió sus películas a cuatro carretes y más, con lo cual se convirtió en el precursor del largo metraje.

La producción épica más conocida de Griffith era tan polémica coma espectacular.

 

En The Birth of a Nation (1915) el sureño Griffith presentó una perspectiva dramática de la Guerra Civil y la Reconstrucción, en la cual reflejaba estereotipos raciales y abordaba el tema de la mezcla sexual de las razas. Era una película ambiciosa sobre un tema amargo y polémico, presentada a un público que aún no había saldado sus divisiones provocadas por la guerra. El costo de la película (aproximadamente 110,000 dólares) era cinco veces mayor que el de cualquiera de las películas estadounidenses hasta entonces realizadas.

 

Con ésta y sus producciones épicas subsecuentes, Griffith mostró el potencial que tenían las películas como un medio masivo de comunicación para reunir a públicos numerosos. Asimismo, demostró la disposición de la gente a pagar más de un níquel por ver una película. Las películas habían pasado de los concurridos nickelodeons a la respetabilidad.

 Las películas se convierten en algo formidable

El negocio del cine cambiaba con rapidez. Cinco acontecimientos importantes de la década de 1920 lo transformaron: el movimiento de la industria a California, la adopción de la adquisición en bloques, la formación de United Artists, los esfuerzos por la autorregulación y la introducción del sonido.

 

 Las películas van a Hollywood.

 

Durante la primera década del siglo xx, las principales compañías cinematográficas se localizaban en Nueva York, la capital del teatro. Las compañías productoras de películas viajaban ocasionalmente a Florida y Cuba para contar con luz solar, ya que era más fácil construir los escenarios en exteriores para así aprovecharla. Pero esto pronto cambió.

En 1903, Harry Chandler, propietario de Los Angeles Times, invirtió en bienes raíces en Los Angeles. Chandler y sus amigos atrajeron al negocio del cine, al que ofrecieron tierra barata, un clima templado y mano de obra económica. Los productores de películas se mudaron a Hollywood.

Adquisición en bloque

Los propietarios de las cadenas de teatros pronto decidieron hacer películas, a la vez que los productores de películas comprobaron que podían obtener ganancias si conservaban la propiedad de los cines, de modo que las compañías de producción empezaron a construir cines para exhibir sus propias películas. La conexión entre producción, distribución y exhibición creció encabezada por Adolph Zukor, de Paramount, quien diseñó un sistema denominado adquisición en bloque.

 

La adquisición en bloque implicaba que una compañía, como Paramount, firmaba un contrato con uno de sus cines con licencia hasta por 104 películas a la vez. El paquete de películas contenía algunas producciones fílmicas de "renombre" en el que participaban estrellas, pero la mayor parte de las películas del paquete eran mediocres y no incluían actores conocidos. Debido a que la cartelera de las películas cambiaba dos veces por semana, los exhibidores se desesperaban por presentar algo en la pantalla. A menudo, sin saber qué películas conformaban el bloque, los exhibidores compraban los paquetes y pagaban los precios que imponían los distribuidores.

Los campeones de United Artists se independizan

En 1919, las cinco estrellas de películas más famosas (el vaquero estrella William S. Hart, Mary Pickford, Charlie Chaplin, Douglas Fairbanks y D. W. Griffith) decidieron que era tiempo de rebelarse contra el estricto sistema de distribución de los estudios. El 15 de enero de 1919, las estrellas anunciaron:

“Ayer se formó un nuevo conjunto de estrellas y productores de películas, y nosotros, los titulares, para impulsar el bienestar artístico de la industria cinematográfica, convencidos de que podemos servir mejor a la gran industria creciente de las producciones fìlmicas, hemos decidido unir nuestro trabajo en una asociación y, al finalizar los contratos existentes, que ahora se aproximan con rapidez a su término, lanzaremos nuestras producciones a través de nuestra propia organización.”

 

Finalmente, Hart renunció al convenio, pero los demás socios formaron una compañía llamada United Artists. Eliminaron la adquisición en bloque y se convirtieron en distribuidores de películas producidas en forma independiente, entre las cuales se incluían sus propias producciones.

 

En sus primeros seis años de vida, UA presentó muchas películas que hoy día se consideran clásicas: The Mark of the Zorro (La Marca del Zorro), The Three Musketeers  (Los Tres Mosqueteros), Robin Hood y The Gold Rush (La Fiebre del Oro). Estas películas tuvieron éxito no obstante el hecho de que UA trabajaba fuera del sistema de estudio tradicional, con lo cual demostró que era posible distribuir películas sin tener un gran estudio.

 Los creadores de películas se autorregularon para responder a los escándalos

En la década de 1920, la industria cinematográfica enfrentó dos nuevas crisis: los escándalos que implicaban a estrellas del cine y la crítica de que el contenido de las películas era cada vez más audaz. Como consecuencia, los productores de películas decidieron autorregularse.

 

Los escándalos de las estrellas comenzaron en 1927, cuando el comediante Roscoe Fatty” Arbuckle organizó una fiesta maratónica en San Francisco con motivo del Día del Trabajo. Cuando la fiesta estaba por terminar, la modelo Virgina Rappe fue llevada al hospital con fuertes dolores de estómago. Virginia murió en el hospital, y Arbuckle fue acusado de homicidio. Posteriormente, se dijo que la causa de la muerte fue peritonitis por una ruptura de apéndice y la acusación fue reducida a homicidio no premeditado. Después de tres juicios, dos de los cuales terminaron en jurados suspendidos, Arbuckle fue absuelto.

 

Luego el director William Desmond Taylor fue asesinado en su hogar. Mabel Normand, una amiga de Arbuckle, fue identificada como la última persona que había visto vivo a Taylor. Finalmente, Normand fue absuelta, pero se reveló que "Taylor" no era el nombre real del director y se sospechaba que estaba implicado en el negocio de las drogas.

 

Los magnates y hombres de negocios de Hollywood estaban estupefactos. La Catholic Legion of Decency anunció un boicot a las películas. Prestos a defenderse, los líderes empresariales de Los Angeles se reunieron y decidieron que Hollywood debía autorregularse.

 

Harry Chandler, de Los Angeles Times, trabajaba con líderes cinematográficos que recurrieron al ex administrador general de correos y antiguo dirigente del Partido Republicano, Will Hays, para responder a estos y otros escándalos en la industria del cine. El trabajo de Hays era dirigir la renovación moral de la industria.

 

En marzo de 1922, Hays se convirtió en el primer presidente de Motion Picture Producers and Distribution Association (MPPDA), con un salario de 100,000 dólares al año. Un mes más tarde, aunque Arbuckle había sido absuelto, Hays suspendió todas las películas de Fatty Arbuckle.

 

Además de vigilar el comportamiento personal de las estrellas, Hays decidió que su oficina también debía supervisar el contenido de las películas. La MPPDA, como se conocía la oficina de Hays, redactó un código de conducta para regir la industria.

 

El 17 de febrero de 1930, la MPPDA adoptó un código de producción, el cual comenzaba con la fijación de tres principios generales:

 

1. No se debe producir ninguna película que degrade los estándares morales de quienes la ven. Por lo tanto, la simpatía del auditorio nunca debe inclinarse hacia el crimen, fechoría, maldad o pecado.

2. Se deben presentar estándares de vida correctos, sujetos a los requerimientos del drama y entretenimiento.

3. No deben ridiculizarse las leyes, naturales o humanas, y tampoco se debe generar simpatía por su violación.

Posteriormente las reglas del código se dividieron en 12 categorías de fechorías, a saber:

  • .Homicidio: "Se debe presentar la técnica del homicidio de tal manera que no inspire imitación."
  • .Sexo: "No se deben presentar besos excesivos y lujuriosos, abrazos lascivos ni poses o gestos sugestivos."
  • .Obscenidad: "Se prohíbe la obscenidad en palabras, gestos, referencias, canciones, bromas o sugerencias (aun cuando sólo una parte del público las comprenda)."
  • .Trajes: "Se prohíben los trajes de danza que permitan exhibición indebida o movimientos indecentes de los bailarines”

Las películas permitidas ostentaban un sello de aprobación de la PCA en los títulos al principio de la película. Los productores se opusieron a la supervisión, pero la mayoría de ellos, temerosos de la censura exterior a la industria, la aceptaron. Aunque los estándares se han relajado, la autorregulación del contenido aún opera en la industria cinematográfica.

La nueva tecnología permite filmar películas sonoras

Para mediados de la década de 1920, las películas mudas eran una parte establecida del  entretenimiento estadounidense, pero la tecnología pronto llevó a la industria a una era inclusive más vibrante, la era de las películas sonoras. El presidente de la MPPDA, Will Hays, fue la primera persona que apareció en pantalla en la premiere pública de los filmes sonoros el 6 de agosto de 1926, en la ciudad de Nueva York. Warner Bros. Y Westem Electric habían desarrollado el sonido experimental, que consistía en siete temas cortos, entre ellos un concierto de la New York Philharmonic y una presentación  cómica de comedia de revista: en conjunto, los temas cortos se llamaban The Vitaphone Preludes.

El 6 de octubre de 1927, The Jazz Singer, con la estrella Al Jolson, se estrenó en el cine de los Warner en Nueva York, y fue la primera película de largometraje con sonido. El filme no era totalmente sonoro, pero en su lugar contenía dos secciones con sonido sincronizado.

Florece el sistema de estudio

En la década de 1930, el negocio de las películas estaba dominado por los cinco grandes: Warner Bros., Metro-Goldwin Mayer, Paramount, RKO y 20th Century Fox.

Los cinco grandes estaban integrados verticalmente: producían películas, las distribuían en todo el mundo y tenían cadenas de cines, lo cual garantizaba que sus películas se exhibirían. Los estudios mantenían grupos de estrellas, directores, productores, escritores y personal técnico. El experto en cinematografía Tino Balio denomina “oligopolio maduro” a los estudios en este punto de su historia, un grupo de compañías con tanto control sobre una industria que ningún cambio en una de las empresas afectaría directamente el futuro de la industria.

 

En la década de 1930, Walt Disney se convirtió en el único participante nuevo con éxito en Hollywood. Había lanzado Steamboat Willie como “1a primera película de dibujos animados con sonido” en 1928. Disney tenía 26 años de edad, y vendió su automóvil para financiar la pista sonora de la caricatura.

 

Después de tener éxito en otros cortometrajes animados, Disney anunció en 1934 que su estudio produciría su primer largometraje animado, Snow White and the Seven Dwar.fs (Blancanieves y los Siete Enanos). Finalmente la película le costó a Disney 2.25 millones dólares, más de lo que MGM gastaba generalmente en un buen musical. La premiere de Snow White fue el 21 de diciembre de 1937, en el Cathay Circle Theater de Hollywood.

 

Los ingresos de taquilla cayeron abruptamente en la década de 1930 a medida que la Depresión se hacía presente en todos los aspectos de la economía de Estados Unidos.

 

Antes de enfrentar su quiebra, numerosos cines trataron de mantener sus ganancias la agregando juegos de bingo y admisiones con descuento. La única innovación que sobrevivió a la década de 1930 fue la doble función: dos películas por el precio de una.

 

La Depresión introdujo un factor más en los presupuestos de las películas: los sindicatos. Antes de la década de 1930, la mayor parte de las actividades de la empresa cinematográfica no estaban regidos por convenios sindicales. Sin embargo, en 1937, el National Labor Relations Board eligió al Screen Actors Guild para negociar los salarios, condiciones laborales y tiempo extra. El Screen Writers Guild fue reconocido en 1938 y el Screen Directors Guild poco después.

La sindicalización limitó el poder de los magnates sobre las personas que trabajaban para ellos, pero los convenios sindicales fueron aprobados a finales de la década de 1930. La Depresión acabó y los estudios emprendieron una nueva época de prosperidad.

 Las peliculas brillan durante la era dorada

Con estrellas glamorosas y guiones emocionantes, respaldado por un ansioso grupo de directores productores y técnicos dotados, aparte de un público insaciable, la industria de las películas llegó a su cúspide afines de la década de 1930 y principios de la siguiente.

 

El estudio más exitoso de Hollywood era MGM, que atraía a los mejores escritores, directores y actores. MGM se concentraba en los éxitos devastadores, como The Great Ziegfield, The Wizard of Oz (El mago de Oz) y Gone with the Wind (Lo que el viento se llevó). El éxito estruendoso de Gone with the Wind no sólo demostró el carácter épico que pueden ofrecer las películas, sino que la producción fílmica también representaba un importante avance tecnológico, con un magnífico uso del color.

El negocio del cine era tan rico que ni siquiera el monopolio de MGM ahuyentó a la competencia.

Desafíos del Congreso y los tribunales

Ésta fue una época en que muchos funcionarios públicos, empleados del gobierno y ciudadanos estaban preocupados por la amenaza del comunismo y grupos identificados como "subversivos". El Comité contra Actividades Norteamericanas, de la Cámara de Representantes, dirigida por J. Parnell Thomas, convocó diez testigos "hostiles" de Hollywood para testificar acerca de sus conexiones comunistas. (Los testigos hostiles eran personas a las que el comité clasificaba como antiguos participantes en "actividades contra Estados Unidos"). Por lo regular, esto implicaba que el testigo había sido miembro de una organización de izquierda en la década previa a la Segunda Guerra Mundial Estos ocho guionistas y dos directores se llegaron a conocer como los Diez de Hollywood.

 

En una serie de audiencias inquisitoriales, el comité rechazó el testimonio de los Diez y los sometió a juicio por desacato. Todos fueron sentenciados a prisión y algunos fueron multados. A finales de noviembre de 1947, los Diez de Hollywood habían perdido su empleo. Les siguieron muchos otros que trabajaban en el medio cinematográfico.

 

La gente del medio cinematográfico que no era contratada por sus creencias políticas incluía a 106 escritores, 36 actores y 11 directores, 1o cual, efectivamente, privó a Hollywood de algunos de sus mayores talentos.

La televisión transforma la industria de las películas

En 1950, en la película de Paramount sunset Boulevard, la madura estrella de la pantalla silenciosa Norma Desmond (interpretada por Gloria Swanson) galantea con un joven guionista ambicioso (interpretado por William Holden) al prometerle conexiones en Hollywood.

"Usted es Norma Desmond. Solía aparecer en las películas mudas. Era grandiosa", dice el guionista.

"Soy grandiosa", le contestó Desmond. "Son las películas las que se achican". Desmond podría haber estado hablando de la misma empresa cinematográfica, la cual se redujo de manera impresionante en 1948, cuando la televisión a nivel nacional empezó a ofrecer entretenimiento para el hogar.

Las audiencias de la Cámara y los decretos unánimes en el caso de Paramount predecían un cambio en la industria fílmica, pero lo que en realidad transformó a Hollywood para siempre fue la televisión. En la década de 1950, el número de televisores aumentó 400% en tanto que el número de personas que asistía al cine disminuyó 45 por ciento.

 

Los cines trataron de compensar la pérdida por medio del aumento de sus precios de admisión, pero más de 4,000 salas cerraron entre 1946 y 1956.19 La asistencia se ha nivelado o aumentado brevemente en algunas ocasiones desde la década de 1950, pero la tendencia hacia la disminución de la asistencia al cine persiste en la actualidad. La  industria cinematográfica ha probado varios métodos para contrarrestar esta tendencia a la reducción.

La pantalla gigante y el cine en tercera dimensión. Afectada por la popularidad de la televisión, la industria cinematográfica probó nuevas ideas tecnológicas en la década de 1950 para recapturar su auditorio. Primero aparecieron las películas en tercera dimensión, que utilizaban efectos especiales para crear la ilusión de acción tridimensional. Por ejemplo, las rocas parecían salir de la pantalla dirigiéndose al público. Para ver las películas en tercera dimensión, los espectadores debían usar lentes de plástico especiales.

 

La novedad era divertida, pero los argumentos de las películas 3D eran débiles, y la mayor parte de los espectadores no regresaba a ver una segunda película de este tipo.

Después aparecieron las películas a colores de pantalla gigante con sonido estereofónico Cinerama, Cinemascope, Vista Vision y Panavision. Todas estas técnicas trataban de dar al auditorio una sensación de " que estaba ahí" , algo que no podían obtener del televisor.

Cambios en la censura de las películas.

 

El 26 de mayo de 1952, la Suprema Corte anunció en el caso de Burstyn contra Wilson que las películas eran "un importante medio para la comunicación de las ideas", y que estaban diseñadas "para entretener así como para informar" .El efecto de esta decisión fue proteger las películas de acuerdo con la Primera Enmienda. El resultado fueron menos restricciones sobre lo que podía presentar una película.

 

En 1953, Otto Preminger desafió al organismo de autorregulación, el Production Code Administration. United Artists decidió lanzar la película de Preminger The Moon Is Blue, aun cuando la PCA había negado su aprobación para la misma porque contenía palabras tan atrevidas como virgen y amante. Luego, en 1956, United Artists lanzó Man with the Golden Arm (El hombre del brazo de oro), también de Preminger, una película sobre drogadicción, la cual eliminó para siempre las restricciones de la PCA.

 

Estimulados por la decisión sobre Burstyn y la prueba de United Artists, los productores de películas probaron con el sexo y la violencia para atraer público apartándolo de la televisión. En la década de los cincuenta, Marilyn Monroe y Jane Russell ofrecieron generosos ejemplos de la nueva tendencia. Las películas extranjeras también se popularizaron porque algunas de ellas ofrecían un diálogo explícito y escenas de amor.

 

Películas espectaculares.

 

 Uno por uno, los magnates de los estudios se retiraron, pero fueron sustituidos por una nueva generación de productores. "Ellos [la segunda generación] heredaron una situación en que cada vez se hacían menos películas, y eran aún menos las que lograban ganancias", dice Robert Sklar, "pero las que captaron la taquilla ganaron enormes sumas. Era como si se hubieran cambiado las reglas del béisbol para que los únicos hits que importaran fueran los cuadrangulares."

 

Las películas espectaculares como The Sound of Music (La Novicia Rebelde) (1965) y The Godfather (El Padrino) (1971) y sus secuelas recompensaron la búsqueda de grandes fortunas. Pero luego algunos tropiezos considerables enseñaron a los estudios que nada  puede demoler las ganancias de un estudio como una gran bomba.

 

Clasificación de las películas.

 

En 1966, Jack Valenti, antiguo consejero presidencial de Lyndon Johnson, se convirtió en presidente dela Motion Picture Producers Association, a la cual cambió el nombre por el de Motion Picture Association of America (MPAA). Una de las primeras acciones de Valenti fue responder a la continua crítica del público acerca del contenido impactante de las películas, la MPPA aplicó un sistema de clasificación modelado con base en la G de Gran Bretaña para el auditorio general, M (después cambiada a PG) para auditorio maduro, R para restringido (personas menores de 17 años admitidas sólo con un adulto) y X, en la que no se admitía a nadie menor de 18 años. (Valenti aún encabeza la MPAA como el cabildero para los principales estudios del país. Se agregó la clasificación PG-13, donde se aconseja la supervisión especial de los padres para los niños menores de 13 años, y luego la clasificación X cambió a NC-l7X.)

 

Actualmente,  los estándares de clasificación R se han flexibilizado, lo cual deterioró aún más la eficacia del sistema de clasificaciones de público.

 

La industria cinematográfica actual está pasando por dos cambios importantes. La tendencia más reciente que influye sobre la industria fílmica la orienta hacia la globalización, tanto de la propiedad como de la mercadotecnia global. La segunda ~ tendencia apunta hacia la fusión de la industria cinematográfica con la industria de,1ª televisión.

 

Influencia global.

 

Compañías no estadounidenses poseen la mitad de los principales estudios (Sony es propietario de Columbia Pictures, por ejemplo, y News Corporation de Rupert Murdoch, es dueña de 20th Century-Fox). Estas adquisiciones ocurrieron a fines de la década de 1980 y la primera mitad de la década siguiente. Este porcentaje & propiedad extranjera es más alto en la industria cinematográfica que en cualquier otra industria de medios masivos de comunicación de Estados Unidos.

 

La propiedad extranjera implica un acceso más fácil a los mercados extranjeros. Las películas estadounidenses son una de las exportaciones más importantes de Estados Unidos y el ingreso derivado de su venta en el extranjero representa más de un tercio , de las ganancias de la industria cinematográfica. "Si Hollywood ha aprendido algo en los últimos años", señala Business Week, "es que todo el mundo está ansioso por lo último que tiene para ofrecer.

 

Concentración del poder de los medios de comunicación.

 

En la actualidad, las personas en la industria de la televisión compran sectores de la industria fílmica, a la vez que los dueños de ésta quieren asociarse con las compañías de televisión. En 1993, la Federal Communications Commission permitió que se constituyeran redes de televisión y distribuyeran sus propios programas, lo cual abre la puerta para que las redes de TV participen en el negocio de las películas.

 

El resultado podría ser la fusión de compañías que financiarán, producirán, distribuirán y presentarán sus películas en sus propios cines, en sus propias estaciones de televisión y en video. Al controlar todos los aspectos del negocio, las compañías tendrán mejores posibilidades de obtener beneficios de las películas que produzcan.

 

 Los estudios tenían interés de ejercer este tipo de control sobre sus películas antes de que los tribunales desmantelaran el sistema de estudio con los decretos de 1948 .

 

La última esperanza de los estudios es anular dichos decretos, de modo que una vez más puedan controlar la producción, distribución y exhibición. El Wall Street Journal informa: " Algunos expertos de la industria piensan que los participantes más agresivos podrían crear concentraciones de poder del mercado superiores aun a los que ostentaban los estudios cinematográficos afines de la década de 1930 y en la siguiente, con severas consecuencias para los competidores más débiles". Los estudios más importantes de la actualidad están intentando volver a ser lo que una vez fueron: un oligopolio maduro en la empresa de los sueños.

Como he señalado, el estilo Hollywood, como una marca o un estilo, que se fue forjando en la década de los años 20 y llegó a su crisis en la década de los 60, cuando los estudios fueron perdiendo el férreo control de la producción, distribución y, sobre todo, exhibición de sus películas.

Pero durante las décadas de los 30 y 40, el estilo Hollywood dominó el cine mundial y, por predominio de mercados, se llegó a considerar que era el estilo mismo del cine.  Las crisis provocadas por el cine moderno a partir de los 60, con movimientos rebeldes desde los 50 como el Neorrealismo italiano, el Free Cinema inglés, la Nueva Ola francesa, el Nuevo Cine Alemán y otros, fueron quebrando la hegemonía artística del estilo hollywoodense clásico.  Por otro lado, sufrió el embate económico y visual de la televisión, que imponía otra forma de ver, otra manera de encuadrar el mundo.

A partir del quiebre del estilo clásico de Hollywood, muchos han hecho leña del árbol caído.  Ese estilo ha sido denostado una y mil veces, y en muchos casos la burla, la crítica y el pitorreo está justificado frente a los productos. Pero muchas argumentaciones mezclan la crítica de Hollywood como centro monopólico del poder económico de la industria cinematográfica con el estilo con el que la fábrica “sellaba” sus productos.  En muchas películas dinero y poder si se unificaban con un estilo visual y narrativo de las películas, pero, profundizando un poco…

…vemos que ocurrieron dos cosas.

El estilo general de Hollywood cambió desde los 60 y se fraccionó en varios estilos correlativos a los géneros que maneja.  Este cambio, esta mutación de estilos le permitió conservar hasta hoy el control de la producción, de la distribución y del mercado internacional del cine, ya que sigue dominando por mucho la cantidad de pantallas de cine donde se exhibe.

Por otro lado, muchos consideran que el estilo clásico de Hollywood es, por sí mismo, de entrada, a priori, toda una porquería.  Y aquí es donde falla la argumentación de quienes rechazan a Hollywood como un bloque sólido económico-estilístico.

Como en toda manifestación artística, la producción de películas en Hollywood está marcada por sus propias contradicciones y situación económica a lo largo de su historia.  En Hollywood siempre existieron autores (no sólo directores, sino fotógrafos, compositores, guionistas, actores, etc) que trabajaban dentro de la fábrica y aportaban modificaciones creativas al estilo clásico.  Entonces, con un poco de observación, vemos que ese estilo clásico tenía ramificaciones y estratos.

Las ramificaciones creativas partían de un tronco común y desarrollaban ciertos caminos o subestilos.  Uno de los más reconocidos se dio con el surgimiento de El ciudadano Kane, de Orson Welles.  Pero también se puede hablar de las aportaciones de Huston, Ford, von Stroheim, Hawks, Fuller, Wilder, Wyler y otros directores que trabajaban en la “panza” hollywoodense.

El estilo clásico de Hollywood dirigía sus mejores productos e inversiones a un público de clase media baja, media y media alta, con un nivel de educación suficiente para captar y degustar de cierta sofisticación visual y narrativa.  De allí hacia arriba estaba el producto oscarizable que llegaba a las cotas del cine de arte.  Así, el estilo clásico de Hollywood era entonces el producto intermedio, con ramificaciones “hacia arriba y hacia abajo”.

Normalmente, donde mejor se capta el estilo clásico de Hollywood y sus variaciones institucionalizadas es en el cine de géneros: gángsters, western, melodrama, musical, suspenso, horror, terror.  Es el producto medio, hecho con receta y una pizca de creatividad, en sus variantes A y B por la cantidad de dinero invertido en la realización.

En el fondo del edificio, encajado en el bote de la basura (hasta hoy), está el cinebasura o bizarro (eufemismo diletante con el que algunos procuran ocultar la podredumbre y mal olor).  Está dirigido a las clases más bajas, menos educadas y más explotadas en el campo de la diversión.  Su creatividad es nula, sus imágenes son una porquería, sus historias (si es que así pueden llamarse y no histerias) exhiben los rasgos más perversos de la filmopatía.

Todas las industrias del cine en el mundo y no sólo la estadounidense manejan estos estratos.

Así hay, por ejemplo, cine japonés (o coreano, chino, mexicano, italiano, francés, etc) de arte, de géneros bueno, películas intermedias de estilo clásico recurrente con pocas variaciones, y las bazofias / basuras / bizarras para público inerme victimizado o, peor, para catadores especializados en los distintos aromas de la podredumbre.

Voy a daros un ejemplo: la 20th Century Fox sacó al mercado una línea de DVDs Clásicos producidos por su estudio. Entre ellos presentó esta película rodada en 1947 que es un magnífico ejemplo del estilo Hollywood, con las actuaciones de Gene Tierney, Rex Harrison y George Sanders, junto a una niña de siete años llamada (nada más y nada menos) Natalie Wood.

La cinta tiene una historia clásica de Hollywood.  A principios del siglo XX, una viuda con su hija deciden desprenderse de su familia política, luego de la muerte del esposo.  En ese sentido, la variación interesante del personaje femenino principal, la Sra. Lucy Muir (Gene Tierney, actriz icono en los años 40 por la belleza de su rostro), es su rebeldía y deseo de vivir de manera independiente.

Terminan en una casa frente al mar que está embrujada, luego de una serie de escenas con rasgos cómicos con el vendedor, que insiste en no dejarlas entrar ni vender la casa. El fantasma que habita la casa de Gull Cottage es el Capitán Daniel Gregg (interpretado por Rex Harrison, aun lejos de la fama de My Fair Lady / Mi bella dama, con Autrey Hepburn).  Todos creen que se suicidó pero sólo fue un accidente.

Muy lejos de las actuales basuras terrorífico/horroríficas de gore descerebrado, este fantasma es un perfecto caballero mal hablado, como todo hombre de mar que se respete.

Entre ambos personajes hay primero un reto (la escena en la cocina cuando Lucy prepara su bolsa de agua caliente para dormir) que culmina en un trato.  Como no se caen mal, sino más bien muy bien, ella se quedará en la casa a prueba.  Pero la pérdida de la fuente de ingresos para Lucy los lleva a buscar una solución conjunta: entre ambos escribirán la vida del capitán Gregg y la presentarán a una editorial.

En la editorial Lucy conoce a un autor, Miles Fearley, que se dedica a cuentos para niños con el pseudónimo de El Tio Neddy.  En el estilo clásico de Hollywood se establece un triángulo amoroso entre Daniel, Lucy y Miles, con la ventaja de que Miles si es de carne y hueso, y no sólo una pícara versión de un hombre de mar.

El resultado hollywoodense: Gregg, el fantasma, desaparece para dejarle a Lucy libertad para vivir, pero sabe quien es el escritor. Miles es casado y tiene esposa y dos hijas.  Lucy queda destrozada y no vuelve a interesarse en nadie.  Vive hasta la ancianidad en la casa del capitán y olvida quién era el fantasma.

La escena final es una variación interesante del clásico happy end de Hollywood.  El final feliz no se da en vida sino en la muerte de los personajes.  Daniel Gregg espera hasta el fallecimiento de Lucy Muir para llevársela.

La historia, contada en su esencia, replica muchos elementos del guión clásico de Hollywood, pero es en los diálogos, en el manejo de cámara de ciertas secuencias, en la puesta en escena y en la actuación de Gene Tierney donde Mankiewicz hace sus aportaciones creativas, que elevan la calidad de la película hacia “ramificaciones altas” (la cinta fue nominada al Oscar en 1947).

La puesta en escena, los encuadres y la edición de esta cinta son los elementos más clásicos en relación al modelo hollywoodense.

Los actores tienen escenas largas con parlamentos (bien escritos, Mankiewicz fue guionista, al igual que su hermano mayor Hermann, que colaboró en El ciudadano Kane).  Aquí, las raíces teatrales de Mankiewicz, Tierney y, sobre todo, Harrison, les permiten sostener con actuación, tono de voces e inflexión escenas largas que hoy en día serían insoportables.  Pero, aún hoy, a casi 60 años de filmada, la película transcurre con buen ritmo

Otro elemento de la retórica clásica de Hollywood en esta cinta son los marcadores del paso del tiempo.  En lugar del calendario que se deshoja, Mankiewicz recurre al fuerte oleaje del mar para comunicar la idea del paso de los años.  Hay dos secuencias autónomas, hacia el final de la cinta, que lo marcan, junto con la destrucción del muelle de madera que tiene grabado el nombre de la hija, Anne Muir, en un poste de madera.

También hay que mencionar, frente al cine moderno de elipsis tajantes y bruscas, que Mankiewicz se adhiere al código clásico.  Los movimientos de entrada – salida de los actores por puertas o en vehículos son vistos y no eliminados en la edición.  ¿Hace cuánto que no ven entrar o salir a alguien en una película moderna?  En este film el procedimiento no sólo se nota sino que además es usado con fines narrativos para avanzar la historia; es lo que ocurre en las secuencias donde Lucy visita por primera vez a su editor y conoce a Miles Fairley.

Los encuadres son los clásicos del Hollywood de la época.  Son planos abiertos (full shot) donde entran y se mueven todos los personajes.  Los encuadres se van cerrando mientras pasan por el plano americano hasta el médium close up (cara con hombros bien visibles).  Mankiewicz sólo usa en dos ocasiones el close up cerrado sobre los rostros de sus actores, y en ambos están Tierney-Lucy y Harrison-Daniel.  La moneda común del cine modernista, el close up, se usa aquí para subrayar la significación del enamoramiento de ambos personajes; en la segunda ocasión, cuando Lucy duerme y Daniel le dice que todo fue un sueño y debe olvidarlo, se remarca el sacrificio-espera de Gregg.

En ese sentido, Mankiewicz sigue las reglas clásicas de encuadramiento, pero la usa creativamente para fines de significación de los momentos más simbólicos de la historia.  No rompe con el estilo clásico, pero le encuentra una variación interesante.

El modelo clásico de Hollywood ya no es vigente pero tiene su lugar en la historia.  La dama y el fantasma / The Ghost and Mrs. Muir, de Joseph L. Mankiewicz es uno de los mejores espejos donde podemos analizar que elementos han permanecido en el cine actual, y cuales fueron desechados en el transcurso del tiempo.

Hay que anotar también que el modelo clásico, aunque ya no está vigente en su totalidad, está aún parcialmente vivo en ciertas escuelas por el hecho de que se definieron primero por oposición a Hollywood, pero que terminaron adoptando algunas de sus soluciones estilísticas.

Considero que es importante, para lectores y cinéfilos verdaderos, la revisión crítica del modelo clásico de Hollywood a partir de un film como La dama y el fantasma / The Ghost and Mrs. Muir, producto medio con ramificación hacia el cine de arte.

Las Divas de Hollywood

La trabajada imagen de un actor o una actriz en una película se impone no a partir de cualidades actorales, sino de la encarnación de una figura mítica. De la mano de los géneros, el star system permitía prever algo de lo que iba a ocurrir en la confrontación con la película .. Greta Garbo, la cercana manifestación de un irresistible misterio, casi seguro sufriente; Bette Davis sería cualquier cosa menos una pobre avecilla asustada frente a la adversidad.

Sus vidas privadas eran la prolongación del cine por otros medios. analizando el sistema de estudio hollywoodense, que tuvo vigencia en las décadas de los 30, 40 y 50, podemos reconocer que las estrellas surgidas de los desvelos de los productores, configuraron una mitología que el star system organizó con especial sabiduría combinatoria.


Naturalmente, hacía falta materia prima apropiada para dar forma y encumbrar a una estrella: el magnate de la prensa Randolph Hearst intentó por todos los medios periodísticos que poseía imponer a su amante Marion Davies y no lo logró (Orson Welles lo escenificò magistralmente en El ciudadano Kane, 1941). La que sí llegó de Suecia con las bases necesarias para convertirse en superestrella fue la divina Greta Garbo. Pero debió pasar por las manos de un ejército de profesionales de la Metro Goldwyn Mayer que metamorfosearon a esa hermosa joven, todavía espontánea y con un toque de ingenuidad, en una sofisticada esfinge: corrigieron el nacimiento del pelo de su frente; se le pidió que riera lo menos posible porque sus incisivos eran demasiado largos; se alargaron aún más sus cejas; se buscó la base de maquillaje que corrigiera las imperfecciones de su piel, que debía parecer de porcelana al proyectarse en pantalla; a través de muchas pruebas, se modelaron sus ojos para dar profundidad y lejanía a su mirada; al comienzo se le afinó la boca, pero con el correr de las películas se la fue dibujando más carnosa. Después se estudiaron minuciosamente las poses para las fotografías profesionales que haría una de las/os grandes artistas encargadas/os de otorgar luz y relieve de semidiosas a las estrellas: Ruth Harriet Louise. Por fin, hizo su aparición el modista Gilbert Adrian, su figurinista a partir del séptimo film de la actriz, con sus trajes y sus sombreros a la exacta medida de la estrella, que ya tenía legiones de devotos a sus (grandes) pies y el mito alcanzó contornos definitivos. El detalle final: Garbo dejó en suspenso su hechizo al escabullirse para siempre del cine en 1941.


Obvio es decirlo, no todas las divas del Hollywood de antaño recibieron tan esmerados (e inspirados) toques y retoques, pero el star system nunca se conformó con buscar bellezas naturales: ha suscitado o renovado el arte del maquillaje, del vestuario, del modo de andar, de los modales, de la fotografía.... Así cualquiera se vuelve una star, dirán quizás ustedes. Nada de eso, como quedó demostrado en varias oportunidades en que la apuesta falló. Porque,  la estrella es diosa, el público la consagraba como tal, “pero el star system la prepara, la dispone, la acostumbra, la ofrece... La estrella responde a una necesidad afectiva o mítica que el star system no crea”.

En los años 50 del pasado siglo, algo empieza a resquebrajarse en el sistema estelar hollywoodense: todavía brillan diosas genuinas a las que el público ama incondicionalmente y les perdona cualquier cosa, como Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor, Sofía Loren y Claudia Cardinale, pero ya las figuras empiezan a volverse autónomas cuando no abiertamente díscolas.

Retrato nocturno de la femme fatale

El género negro, universo construido a la sombra del paraíso apolíneo del clasicismo, huye de la optimista nitidez de comedias, musicales o películas de aventuras, desestima la transparencia expositiva del relato hollywoodiense, menosprecia al espectador olvidadizo del robusto marco de la pantalla y transgrede de manera tensa pero estilizada los cánones establecidos. Es así como el sólido vehículo de la narración clásica se abandona a la deriva en un océano inescrutable: sin rumbo seguro que oriente a los personajes, el héroe deambula triste, cansado, oculto tras severas máscaras (lo mismo vale para el rostro tosco de Humphrey Bogart que para la mirada incierta de Robert Mitchum). Incauto, el arquetipo masculino se revela desprovisto de la energia que le es habitual, ora un vulgar vendedor de seguros -Fred MacMurray en Perdición-, ora un vagabundo dubitativo, como John Garfield en El cartero siempre llama dos veces. ¿Qué hombre ha sido más insignificante que el Edward G. Robinson de Perversidad y cuál más inseguro que el Joseph Cotten de Niágara

En un espacio, por tanto, en el que no hay lugar para el héroe solar, la figuración femenina toma la iniciativa en el relato, se apodera del reino oscuro del cine negro y amplifica la turbulenta moral que convoca el género: seductoras, farsantes, mortíferas desde el primer beso, anulan también todo intento de linealidad argumental y, despiadadas, conducen al héroe hacia un desolado callejón sin salida. Tomemos, como ejemplo iconográfico de lo esbozado, las secuencias iniciales de Callejón sin salida (Dead Reckoning, 1947), una de las obras maestras del género dirigida por John Cromwell, en la que el protagonista se presenta, antes de exhibir su rostro, como un cuerpo errático, desdibujado, perdido entre las calles mojadas de una gran ciudad. En efecto, John Cromwell, en una apertura de la trama en el que espectador desconoce el motivo de esta perpetua errancia, detiene un momento al protagonista para mostrar, por primera vez, el gastado rostro de Humphrey Bogart: no es casual que el director  muestre la imagen fatigada del personaje frente a un gran escaparate repleto de sofisticados sombreros de mujer y que oculte a Bogart entre las mujeres que admiran los complementos de moda; Humphrey se esconde tras una vitrina de cristal ovalada, de manera que la figura masculina es literalmente gulliverizada por un universo femenino, atrapada y amenazada por lo circular, rodeada, en definitiva, tal y como se desvelará al final del film, por la potencia destructora de la femme fatale, aquella que domina el azar incierto del protagonista.

Y es que la femme fatale se sirve del universo femenino de las apariencias para desplegar su poder devastador: primero bajo un aspecto amable, repetidas caras de ángelJean Simmons, pero también la Gene Tierney de Que el cielo la juzgue o la Jane Greer de Retorno al pasado- demoran, inquietas,  el momento de hacer emerger el rostro negativo, la parte devastadora que se esconde tras cada gesto domesticado. Pero la ambigüedad en cada gesto impera entre estas criaturas, siempre ambivalentes, siempre sorprendentes, tal y como se expresa la imagen del rostro dividido de Gloria Grahame en Los sobornados, donde, en sibilina cortesia de Fritz Lang, la parte cicatrizada impulsa la bondad del personaje.

Una insistencia tal en la exaltación de un rostro ambivalente no hace otra cosa que manifestar el auténtico poder de unas facciones que se regulan en función de la situación: quizás el caso más célebre es el de la Joan Bennett de La mujer del cuadro, en la secuencia en la que intenta envenenar a un chantajista avaricioso, usa estrategias femeninas para seducirlo dulcemente, pero cuando éste las ignora, contrae todos los músculos de la cara, como si respondiera, de manera un tanto equívoca,  a exigencias interpretativas de un lejano cine mudo.

Cara de ángel (Angel face, 1953) es el título del film de Otto Preminger que predispone al espectador a dejarse hechizar por el rostro celestial de Jean Simmons encarnando el carácter diabólico de Diane Tremayne. Auténtico ángel caído, Diane porta en su nombre los mismos atributos de la diosa cazadora, vengativa y luchadora: guerrero, el corazón de la protagonista late para ejecutar un minucioso plan que elimine a la nueva esposa de su padre. Para deshacerse de la madrastra, Diane se sirve de Frank Jessup (Robert Mitchum), última presa que ha cazado con los hechizos propios de una femme fatale: Frank, fracasado conductor de ambulancias, se deja deslumbrar por la magia encantadora de Diane y, nublada su mirada, cree poder participar del designio urdido por la diosa encantadora. Porque Diane, refinada estratega, maneja a Frank con la astucia de hacerle creer que podrá retomar una exitosa carrera de piloto que, con el estallido de la guerra, hubo de abandonar. El contexto no es anecdótico: todo héroe de cine negro tiene un pasado activo, lleno de promesas y proyectos, que se desvanece, no obstante, con la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, de forma que unos claros itinerarios masculinos se truncan irreversiblemente tergiversando el espíritu enérgico de estos hombres en una actitud lacónica y pasiva. Diane, portadora del deseo más apreciado por Frank, le restituye parte de la fuerza que tenia, pero aprovecha su lasitud para conducir este vigor hacia objetivos particulares. Es así como este debilitamiento de la masculinidad dinamiza a aquella feminidad que aspira a poseer algo más que un hogar ordenado: en la incorporación masiva de patriarcas altivos a las filas armadas, estas mujeres fatales encuentran la oportunidad de ir a la búsqueda de bienes materiales y, retomando hábitos pasados  (aquella figuración vampiresca de los inicios del cinematógrafo: satén negro, cabelleras intrincadas, largos cigarrillos...), se convierten en venenosos reclamos en circulares salones de baile. Estas mujeres liberadas, estas diosas imprescindibles de lujosos santuarios al servicio del ocio y de la corrupción, prefieren  estar al lado de hombres que, lejos del combate, se enriquecen con las pérdidas de la guerra. Ligadas de esta manera a maestros depravadores, son utilizadas para atraer a víctimas afables. Pero la femme fatale aprende rápidamente el lenguaje de la seducción y, tan perversa o más que ellos, empieza a trabajar por cuenta propia y sueña con prescindir del marido explotador: es el caso de la Rita Hayworth de La dama de Shangai así como el de la Lisabeth Scott de Callejón sin salida.

La femme fatale, de trayectoria similar a la del gángster -precipitadamente desplazado por la intrusión de la detective story-,  no sólo se acomoda a una sociedad ociosa, sino que ambiciona tener el mundo en sus manos, tal y como el film de Vincent Shermann, Los condenados no lloran, ilustra con la desaforada ambición de una Joan Crawford que escala posiciones de poder precisamente entre gángsters. Como en el caso del héroe de la crook story,  la mujer fatal accede a todo lo que se propone, pero esta fácil ascensión supone también un descenso inevitable.

Parecería, llegados a este punto, que la mujer fatal no tiene suficiente fuerza para configurar una constelación simbólica propia: por un lado, sus actitudes y ambiciones son la lógica respuesta regeneradora de una masculinidad corrupta, en un momento en que el héroe solar se encuentra en crisis. Por otra parte, Hollywood usa a la femme fatale como receptáculo acogedor del espíritu trágico que definia al gángster: no es únicamente el dibujo moral de la ascensión el que reclama la caída, sino también características más externas como el origen humilde, las formas vulgares, la ambición desmesurada, la pasión desenfrenada, la autodestrucción inevitable... Cierto es que el ritmo frenético de los disparos de ametralladora y el físico enclenque (2) del gángster no tienen nada que ver con el cuerpo esbelto que la mujer fatal utiliza como arma. La pregunta se impone: ¿Existe una imaginería característicamente femenina en la estructura profunda del turbio paisaje que convoca el género? En este sentido se impone iniciar, desde ahora mismo, un recorrido por los escenarios constantes del noir, por los elementos intransferibles que estas criaturas bicéfalas han esculpido de manera clara y transparente en un universo peligrosamente acuoso, mágico e hipnotizador .

Aguas turbulentas

Gulf City, tropical paradise of the south son las letras luminosas que se leen en lo alto de un edificio que se eleva sobre una lluviosa ciudad nocturna en la primera imagen de la película  Callejón sin salida. Gulf que significa golfo, pero también abismo, palabra que tendrá mucho que ver con todo el imaginario de las alturas que tanta importancia acabará teniendo para el desenlace de la protagonista y para otras mujeres fatales del cine negro. Nos encontramos, no por casualidad, en el sur, cerca del mar, en un paisaje marítimo, en un espacio femenino. Recordemos:  femme fatale, pero también llamada en los países anglosajones spider woman, denominación que nos remite al isomorfismo existente entre la araña y el pulpo -“símbolo directo de la fatalidad del océano donde la todopoderisad nefasta y feminoide se manifiesta”- (3) dos animales que atrapan las presas con sus lazos destructores. De esta manera se entiende que la protagonista de Callejón sin salida, Coral Chandler (Lizabeth Scott), inscriba su nombre y apellido con el significado de dos palabras del universo oceánico (coral y velero). Así mismo, la Vivian Sternwood de El sueño eterno lleva en la primera parte de su apellido la palabra popa, y la Phyllis de Perdición carga en su nombre con la aventura trágica de Filis, la heroína mitológica que acaba suicidándose en el mar cuando sospecha que su amante no volverá a buscarla. Pensemos, también, en la importancia que llegan a tener todos los símbolos negativos de las profundidades marinas en La dama de Shangai, en la que la protagonista se llama Circe, la hija del Sol y de Perseis, hija, entonces,  del Océano, que encanta con sus brebajes a los marineros de la Odisea. Y ¿quién no recuerda a la Lana Turner de El cartero siempre llama dos veces, con sus shorts y toalla a modo de turbante que aprovecha en un baño nocturno en la playa, en dominios de aguas negras, para inducir al amante John Garfield a asesinar a su marido? ¿O como olvidar que en Retorno al pasado la encantadora Jane Greer dispone, para espetar un primer beso sobre los labios del protagonista, un escenario trampa con redes extendidas al viento, rumor hipnótico del mar, luz brillante de la luna, para tejer el destino letal de Robert Mitchum?

Burt Lancaster, en la última escena de El abrazo de la muerte, configura, quizás, la imagen más impactante de la masculinidad atrapada por los elementos nefastos de la feminidad acuática: entre una dúctil mujer fatal y una imperturbable masa oceánica, en una casa que da al mar, está anudado a la inmovilidad por el abrazo de Yvonne De Carlo: Burt Lancaster muere atrapado en la mujer fatal y es también minimizado por la presencia mayestática del mar que, a su espalda, se alza oscuro y amenazador.

Es entonces, entre aguas, donde esta figuración femenina demuestra poseer mas firmemente al macho: también Coral Chandler en Callejón sin salida aprovecha el hecho de encontrarse en un pequeño restaurante de costa para desafiar al protagonista: acomodada en una mesa frente a la ventana abierta a un inevitable paisaje marino, Coral Chandler subraya su imagen de feminidad fatal con el movimiento ondulado de su cabellera que se homologa al sinuoso movimiento de las aguas turbulentas. Gaston Bachelard hace una útil y sutil puntualización: “es evidente que no es la forma de la cabellera lo que lleva a pensar en el agua que corre, sino su movimiento (...) a partir del momento en que ondula, nos conduce naturalmente a su imagen acuática”.  Movimiento sinuoso que encontramos en las cabelleras de  Joan Bennett en Perversidad, Rita Hayworth en Gilda, Gene Tierney en Que el cielo la juzgue, Ava Gardner en Forajidos (5) o Yvonne de Carlo en El abrazo de la muerte.  Pero la cabellera más extrema la encontramos, sin duda, asociada al rostro de Barbara Stanwick en Perdición. Presentada como una sirena que acaba de salir del baño, enfundada en una irrisoria toalla, con un peinado exageradamente ondulado, su cabellera llega a grados de inverosimilitud iconográfica en la escena en la que, más tarde, ella muestra toda su perversidad:  retratada en primer plano, escucha, molesta, oculta tras unas gafas de sol, las palabras de su amante que, prudente, prefiere no cobrar el dinero del seguro que le ha llevado a asesinar al marido de ella. Phyllis, profundamente ambigua hasta ese momento, luce unos bucles modelados, esculpidos, se diría, a lado y lado de su rostro como si le cayeran dos colas de sirena; se quita las gafas de sol y, mostrando sus pequeños ojos acuosos, mira gélida a su amante y, con voz segura, surgida de las profundidades marinas que lleva en sus entrañas, pronuncia: “Ninguno abandonaremos esto. Lo hicimos juntos y juntos seguiremos hasta el final. Hasta el final de la línea los dos. Recuérdalo”. Amenaza que casi petrifica al desalentado amante y nos hace pensar en Barbara Stanwick como resucitadora made in Hollywood de la  figura monstruosa de la Medusa que en vez de pelo tenía serpientes y petrificaba al enemigo con la mirada.

¿Hace falta recordar la dimensión sexual  que en el campo del psicoanálisis se le ha dado siempre a una frondosa cabellera? Ondulaciones en las cabelleras, pero también en los cuerpos que se enfundan en ropa estrecha para acentuar el movimiento acuático de la seducción feminoide. Marilyn Monroe en Niágara (Niágara, 1953) es el paradigma indiscutible que rompe con la moda vampiresca del satén negro para exhibir en sinuosas carnes un vestido fucsia –en technicolor-, que lleva a su marido a un violento ataque de celos. En este film de Henry Hathaway, la figuración oceánica tomará una violenta concreción bajo la forma de las cataratas que encarcelan al protagonista. Georges Loomis (Joseph Cotten) aparece presentado, al inicio de la película, como un punto prácticamente invisible entre las aguas que se precipitan violentamente. Sus palabras no pueden ser más elocuentes: “¿Porqué me habrán arrastrado hasta aquí las cataratas a las cuatro de la mañana? ¿Para demostrarme lo grandes que son ellas y lo pequeño que soy yo? ¿Para recordarme que ellas pueden seguir adelante sin ayuda de nadie? Muy bien, ya lo han demostrado. ¿Y por qué no? Ellas han tenido diez mil años para hacerse independientes. ¿Qué tiene de extraordinario? Creo que yo también podría hacerlo... Sólo que tal vez necesitase un poco más de tiempo”.

Miniaturizado por la grandeza de la feminidad, Joseph Cotten arremete contra esta figuración oceánica que impregna, como hemos visto, tantos recovecos del cine negro. Pero como indica el murmullo incesante de la catarata, la monstruosidad acuática posee también una voz para rodear y reducir al macho. ¿O no es la naturaleza tiránica de la femme fatale indisociable de la palabra que libera? Y no sólo la gramática precisa que utiliza le es útil para embrollar a sus presas; también, conocedora de tonadas hipnóticas, su canto es comparable al producido por la voz de las sirenas.

 

El canto de la Sirena

En La mujer del cuadro, Edward G. Robinson se sumerge en una complicada trama que le lleva a conocer una preciosa dama y a matar a un importante hombre de negocios, hasta que despierta y se da cuenta que soñaba. Pero minutos antes de adormecerse, el protagonista, que lleva una vida tan tediosa como tranquila,  coge un libro firmado por Salomón, El cantar de los cantares, seguramente inspirador de la aventura sinuosa que le atrapa. Como este poema lírico, el cine negro se impregna de un aliento voluptuoso que proviene de una desaforada exaltación de todo el universo sensorial (no olvidemos que en este caso, todo empieza por el órgano de la vista, como nos indica la fascinación de  Edward G. Robinson por la imagen pintada de Joan Bennett al inicio de la película):  en Callejón sin salida, por ejemplo, el olor a jazmín se apodera del protagonista antes de recibir una paliza –la mujer fatal se encuentra cerca-, y en  Perdición es la exhalación de madreselva el motivo reiterativo que confirma al héroe que es hombre muerto. Pero es el órgano del oído el que pone en verdadero peligro a los confiados héroes de Hollywood: ¿Cómo no responder a la voz profunda, a la palabra enigmática,  a la pregunta inquisitiva que surge de la femme fatale? ¿Qué se puede hacer sino reverenciar las exquisitas mentiras que Phyllis, Diane Tremayne o Coral Chandler escupen entre abrazos y besos? ¿La sinuosidad de la cabellera sobre el ojo de Veronika Lake en El cuervo no es quizás más insinuante todavía que sus canciones hipnóticas? Y el caso más claro: ¿Cómo no perderse en la voz aterciopelada de Rita Hayworth que acaricia, nostálgica, el Amado Mío y dinamiza, radiante, el explosivo tema Put the blame on me?

A  petición de Rip Murdock, Coral Chandler, en Callejón Sin Salida, canta It must be love porque el protagonista necesita asegurarse que está frente a la mujer que amaba Johnny, el amigo asesinado que yace en el depósito de cadáveres: “deseaba verla tal como la vio Johnny, quería oír esa canción con los oídos de Johnny”. A Rip Murdock le hace falta, para investigar la misteriosa muerte, ponerse en la piel de su compañero y servirse del oído para identificar a la femme fatale.  De la misma manera, Rip oye la voz de Coral Chandler antes de tener imagen de ella. Es más: Murdock, nada más llegar a un bar con motivos marinos pintados en los muros, se sienta frente a la barra y, con la copa entre las manos, oye una voz femenina que le subyuga; en lugar de girarse inmediatamente hacia ella, retiene la mirada. Poco a poco, alza la vista e, incauto, se fija en sus largas piernas; después, sube hasta el cinturón que rodea su infértil vientre, hasta encontrar un  broche de cristales en forma de mariposa, símbolo “de la ligereza y la inconstancia, emblema de la mujer, anuncia también la muerte de alguien muy próximo”.  Rip se acerca, le da fuego y le dirige las primeras palabras: Cenicienta con la garganta profunda, le dice, refiriéndose a la voz impenetrable de Coral Chandler. Rip ya no podrá librarse, como la mariposa que Coral Chandler lleva adherida al vientre,  de los destructores designios de la femme fatale.

Únicamente la significativa joya que se encuentra en Forajidos (The Killers,1946) supera el trazo simbólico de la mariposa de Callejón sin salida: se trata, ni más ni menos, de un broche esculpido en forma de arácnido, clavado en la solapa del vestido de Kitty Collins (Ava Gardner). Kitty es descubierta, a causa de esta joya robada, por un agente de policía que no que no duda en detenerla, pero Kitty teje la trampa perfecta para que Swede (Burt Lancaster), su incondicional amante, se autoinculpe y soporte la condena de tres años que ella tendría que cumplir. Swede encuentra a esta spider woman en una escena anterior que bien podríamos considerar, sin rubor, paradigma iconográfico del macho hipnotizado por una voz: Swede conoce en una fiesta privada a Kitty Collins, enfundada en satén negro, frente a un piano, a punto de entonar el tema The more I know of Love y en pocos instantes se convierte en centro de atención de la mirada maravillada del protagonista.  Kitty, segura de la presa, prácticamente le da la espalda: el deseo no correspondido queda, de esta manera,  perfectamente representado. La secuencia, un prodigio del savoir faire hollywoodiense,  se convierte en una tensa ceremonia entre la música que surge de los labios de ella y la mirada de Swede que se pierde en el intento de concretar el canto informe de la sirena. Robert Siodmak los encierra en un plano único, un inamovible encuadre que retiene con violencia a los dos personajes: ella con la mirada altiva fuera de campo, él reverenciando su belleza, con una luz de gas que los separa, una única llama pasional que se estremece a pocos centímetros de ambos y que ilumina despiadadamente el destino trágico de la pasión del protagonista.

¿Quieres escuchar un consejo? Deja de escuchar este arpa dorada, Swede. Te creará muchos problemas...”. Estas son las palabras que un amigo le pronuncia, años después, cuando intuye que el protagonista se inmiscuye en un peligroso atraco únicamente para estar cerca de Kitty Collins. Es más: en áspera concordancia con la frase hecha del amigo, Swede no se separa nunca de una pañuelo que tiene un arpa dorada dibujada en el medio; regalo de Kitty, es el signo de desgracia que persigue el protagonista a lo largo de la película, objeto que a ojos de la policía hace atractivo, desde el inicio,  el cadáver inerte de Swede.

En Cara de ángel, nuevamente son las notas musicales, surgidas en este caso de los dedos de Diane Tremayne, el reclamo mortal para Frank Jessup: el protagonista, después de socorrer a la madrastra de un misterioso accidente, está a punto de salir de la mansión, pero una mortuoria música para piano, disfraz acústico de la femme fatale, le hace retroceder para ver el rostro de la criatura que le reclama. Son los mismos compases que, más tarde, acompañan el siniestro plan que Diane ha urdido para asesinar a su madrastra: la protagonista toca la melodía mortal consciente de que su víctima se encamina hacia el garaje a coger el coche trucado. Pero Diane, frente al piano, no se da cuenta de que ofrece en sacrificio también a su padre, quien, azares de la tragedia, coge el coche con la madrastra. Diane enlaza todos estos momentos con la música que interpreta como si cumpliera un ritual celebrado por ella: el símbolo ambivalente del lazo, el vínculo que para Gilbert Durand caracteriza a las divinidades de la muerte, dándoles poder de atar o desatar los hilos del destino, aquí es sustituido por el hilo invisible de la música. Pero no olvidemos que atar, simbólicamente, esta cercano a mirar: Diane comparte con las divinidades de la muerte el dominio del lazo, el poder de atar o desatar con la magia de su mirada, tal como se demuestra en una escena anterior a la ejecución del accidente automovilístico, en la que la protagonista lanza un pequeño objeto al precipicio, para seguir con mirada atenta el recorrido que su víctima realizará, más tarde, con el coche. No cabe duda de que la mirada de Diane es el elemento primigenio que ata el destino de su víctima irremediablemente a la muerte, pero es a través de la música como se ratifica el dominio de Diane como serena oficiante, enlazadora, que acompaña a sus víctimas al reino oscuro de la muerte.

En el caso de que la mujer fatal no tenga habilidades interpretativas musicales, los juke box que pueblan tantos bares del cine noir ayudan a cumplir la misma función deslumbrante: en ¿Ángel o diablo? los amantes que rodean a Linda Darnell se precipitan a la máquina para hacer sonar su canción predilecta y, en ausencia de ella, la misma música mecánica les devuelve el voluptuoso aliento de la Darnell. De la misma manera, en Niágara, Marilyn Monroe se sirve de un disco de vinilo, para oír y canturrear Kiss me, tema musical que le permite pensar en el amante delante del marido; más tarde, cuando del cuerpo estrangulado de la Monroe no pueda surgir ninguna voz, las múltiples campanas de una catedral repicaran la misma canción, indicando, para desesperación del marido, que es trasladada, a través de la música, al lado de su amante igualmente asesinado.

Y en el caso más extremo, Edward G. Robinson en Perversidad (Scarlett Street, 1945) descubre que su querida tiene un amante, justo en el momento en que un disco de vinilo gira, acompañando los abrazos de los dos jóvenes amantes. Pero el disco se ralla y repite, una y otra vez, la misma frase musical. A Joan Bennett ya no le servirán los cantos de sirena para embelesar al protagonista que, fatalmente, coge el arma más gélida -un picador de hielo- y golpea a sangre fría el cuerpo farsante que él creía amar. Pero Edward G. Robinson –después de haber inculpado al amante del asesinato y haberlo enviado, sin escrúpulos, a la silla eléctrica- se hunde en un mar de remordimientos y se ve perseguido, hasta el final de sus días, por las voces de los dos amantes eliminados. Como la música gastada que provenía de aquel profético disco de vinilo rallado,  las palabras de amor oídas cuando los descubrió se repiten incansablemente en la mente de Edward G. Robinson: desconcertado, queda atrapado en el pasado que se construye a cada instante en que una frase vuelve a comenzar...

Destruir un hogar

En la misma película, Perversidad,  la iconografia del espacio doméstico es modélica, idónea para el estudio del hogar que, en principio, estas vampiresas dirigen. Una imagen, un inserto de Fritz Lang, sintetiza la dejadez indemne de estas criaturas: un montón de platos se apilan en un fregadero que es a la vez la diana-cenicero de una punta de cigarro que, negligentemente, lanza la protagonista desde una considerable distancia. Y es que el apartamento en el que vive Kitty March (Joan Bennett) está siempre desordenado, con vestidos tirados despreocupadamente por el suelo; tumbada la mayor parte de la película sobre una cama que brilla en aparente blancura virginal, Kitty March deambula por un espacio pequeño, siempre en espera del amante.

La inversión de los cánones clásicos toma forma una vez más: el escenario del hogar en Hollywood ha sido siempre relegado al cuidado y ordenación de la feminidad doméstica que, auténtico receptáculo para aventureros, se convierte en punto de anclaje en el mundo, espacio de eterno retorno que el héroe sueña en la distancia. El hogar, corazón calorífico que la intimidad del centro familiar conserva siempre intacto, no puede tener nada que ver con el embarullado apartamento de Kitty March. Pero la  femme fatale, conocedora de que el deseo de la masculinidad es construir este centro familiar, se deshace en promesas de amor eterno y se inclina, reina del engaño, hacia tradiciones conservadoras como ilustra aquel anillo de prometida por el cual tanto suspira Linda Darnell en ¿Ángel o Diablo? a la vez que un incisivo “Quiero un hogar” surge repetidamente de sus labios. Únicamente por este sueño cotidiano Dana Andrews estafará a una rica heredera, para iniciar después junto a Linda Darnell una vida nueva. Pero no es fácil construir un hogar sobre pilares corruptos y el protagonista, que ha robado o matado por amor, desconfía pronto de quien le ha inducido a cometer aquella acción: pensemos, por ejemplo, en los amantes de Perdición, El cartero siempre llamado dos veces o El extraño amor de Martha Ivers, que acaban mostrando ciertos comportamientos esquizoides, tanto más incomprensibles a medida que avanza la película. El caso más extremo lo encontramos, quizás, en el film El abrazo de la muerte (Criss Cross 1949) en el que Ana (Yvonne De Carlo) abandona un primer hogar –con un primer marido (Burt Lancaster)- y se casa, después, con un gángster enriquecido; más tarde, vuelve a su primer marido, pero al final del film, en una pequeña casa frente al mar, Anna decide abandonarlo y dejarlo en la manos vengadoras de las balas del segundo marido: “Cada uno debe cuidarse de sí. Así es, lo siento (...) Hay que hacer lo que es mejor para uno” son las palabras de Anna pronunciadas mientras Burt Lancaster, herido, inmóvil, desconcertado, se da cuenta, en aquel preciso momento, del grado de mezquindad que alcanza la mujer que ha amado. En una situación similar se encuentra el protagonista de Callejón sin salida, cuando Rip Murdock descubre que Coral Chandler le ha intentado asesinar y, antes de que ella invente una nueva historia, cansado de tanto engaño, se le encara con una frase que sintetiza agudamente esta intranquilidad o desconfianza que supone vivir junto a una femme fatale: “Me es imposible olvidar que puedo morirme mañana ¿y si un día me tomas rencor porque dejo sin tapar el tubo del dentífrico?”.

“Soy de las que pretenden casarse”, le decía , en las secuencias iniciales, Coral Chandler al desconcertado protagonista cuando este necesitaba tener alguna certeza sobre el asesinato de su amigo Johnny. Casarse es, para la femme fatale, una manera de despistar –de alejarse, en este caso, de un insidioso cuestionario-, de construir una nueva máscara: el hogar, para la vampiresa, es una estructura de poder, un recinto para mejor urdir nuevas estrategias y proteger sus armas. Significativamente, en la misma película, Coral Chandler descubre el ideal de casa en el momento en que llegan al apartamento de un amigo de Rip para recoger unas armas y la protagonista, frente a la artillería que la rodea -ametralladoras, granadas, cuchillos y sables-, afirma, entusiasmada, que aquel hogar le gusta mucho. Si consideramos los hogares de las mujeres fatales como fortalezas que almacenan espadas y cañones, aunque revestidos de espejos, joyas y vestidos, no ha de extrañar que el espacio cerrado no las irrite tanto como a las heroínas precursoras de la femme fatale cinematográfica, llamémosla Madame Bovary, Ana Karenina, Nana, o Effi Briest. El adulterio, en todos los casos, se convierte en una acción liberadora, pero el deseo en Coral Chandler, Phyllis, Kitty March o Kitty Collins no es tan pasional como material y el hogar, en el contexto moderno, es un signo de riqueza, un poder a conservar: lejos de ser un espacio encarcelador, el hogar tradicional se destruye y puede convertirse en centro de ocio, como le sucede a Gloria Grahame en Los sobornados, o en el origen de una gran empresa en el caso de El extraño amor de Martha Ivers. Fortalezas, entonces, en las que no hay lugar para fragilidades y menos aún para amamantar criaturas: así se entiende que la Rebecca de Hitchcock, una de las femmes fatales más terribles (quizás porque deambula siempre en off y alarga sus brazos destructores desde la muerte), no quiera dar a conocer, ni muerta, la debilidad que la aniquila–un cáncer- y que su fiel señora Danvers, una vez hecha pública la verdad, decida quemar el hogar que mantenía todavía viva la presencia de Rebecca. Mrs. Danvers, brazo ejecutor de los designios de Rebecca, destruye aquella casa antes de que la nueva señora de Winter reconvierta la mansión de Manderley en un habitáculo feliz y fértil, un espacio que borre el dominio mágico de la femme fatale.

Morir como un hombre

En Cara de ángel, un ataque de histeria de la protagonista -quién sabe si porque la madrastra ha estado a punto de morir o, al contrario,  porque no se ha quedado definitivamente en el sitio-, impulsa al enfermero Frank Jessup a zarandear y abofetear  a Diane para tranquilizarla; ella se serena, le mira fijamente a la cara y, sin dudarlo un instante, le devuelve un revés sacudido con todas sus fuerzas. De la misma manera, Gloria Grahame en Los sobornados necesita verter sobre la cara de Lee Marvin el mismo café hirviendo que, escenas antes, ha recibido de manos de él; igualmente, la relación tempestuosa de Burt Lancaster e Yvonne De Carlo en El abrazo de la muerte se define por continuas discusiones, con frecuencia insignificantes, en las que ella necesita tener la última palabra. Quizás el caso más célebre se encuentra en Clash by night  (1952) en la que Fritz Lang presenta a Barbara Stanwick como el eje provocador de un peligroso triángulo amoroso: en una escena que tiene el mar como paisaje, Robert Ryan ofrece a la protagonista un cigarrillo que ha encendido simultáneamente al suyo propio, en un gesto de confiada seducción, pero ella lo tira despreciativamente, sin permitir que su amante de por seguro que tiene su amor ganado.

 

Esta actitud beligerante, en la que se exhibe la lucha que estas criaturas emprenden para acceder a una relación de igual a igual con el macho, es uno de los rasgos que, contrariamente a lo que se podría pensar, potencian, por motivos absolutamente opuestos, a los héroes del noir: Frank Krutnik, en su ensayo sobre masculinidad y cine negro, da mucha importancia al hecho de que en la primera parte de Callejón sin salida Humphrey Bogart otorgue a Coral Chandler un sobrenombre masculino. Frank Krutnik entiende que con este gesto el protagonista intenta “solucionar el problema de la diferencia sexual”, de modo que Bogart “se siente más seguro porque él transforma a la mujer en hombre”.  Efectivamente, Rip Murdock necesita que Coral Chandler pierda los letales atributos feminoides para así poder reducirla con armas que le sean conocidas, con armas, pues, de un universo masculino: referirse a Coral Chandler con el alias de Mike es para Rip Murdock asegurarse de que ningún rasgo amable del sexo de la femme fatale no lo deslumbre y lo anule como héroe.

Pero Rip Murdock, en la última escena del film, agota hasta las últimas consecuencias esta transformación en un intento perverso, en el que dispone que ella muera como un hombre: mientras Coral Chandler reposa en una cama de hospital, con la cabeza falta de todo cabello, rodeada por blancas vendas purificadoras, sin posibilidad de embrujar con su cabellera,  le pide vacilante a Rip que le coja la mano y le implora compañía antes de morir. “Estoy tan asustada. Quisiera que me pusieras en tu bolsillo, Rip. Todo se desploma, todo se cae en mi interior” . Y Rip Murdock la asimila a un hombre corajudo, idéntico a los paracaidistas que lucharon con él en la guerra: “Como al tirarse del avión: aguanta la respiración y espera tranquila, Mike. Recuerda a todos los que saltaron antes que tu. Tendrás muchos compañeros, Mike”. Coral Chandler cierra los ojos y Rip pronuncia una consigna –Jerónimo- que es precisamente la que se daban los soldados cuando saltaban del avión. La última imagen de la película: un paracaídas, seguramente el de Coral Chandler, desciende lentamente en el cielo.

Rip le impone, entonces, el castigo más terrible: morir sin esplendor, con el deseo no de ambicionar grandezas, sino de miniaturizar el propio cuerpo. Ningún maquillaje ni vestido le está permitido, la sexual cabellera le ha sido arrancada, ninguna música surge de sus labios y se despide con un hilo de voz trémula. Sin ningún dominio mágico, sin ningún atractivo funesto,  no muere como una femme fatale, sino,  simplemente, como un hombre.

Femme fatale nocturna

Simplemente como un hombre, pero en todo caso como un hombre nocturno. Nada que ver con el héroe diurno, guerrero y solar, defensor del universo del patriarcado que según Gilbert Durand se alza en armas precisamente contra el arquetipo de la femme fatale, uno de los rostros del tiempo, signo pérfido del reloj humano. Pero si llegados a este punto podemos asegurar que hay una imaginería femenina tras la mujer fatal ¿por qué no esbozar también la posibilidad de que exista un imaginario en estas criaturas que responda al régimen nocturno, ligado al matriarcado,  en el que el antídoto del tiempo no se encuentre alzándose en armas sino captando las fuerzas vitales del porvenir?

Por pasos: si retomamos la figuración del descenso y buscamos en el interior del género negro, queda claro que la imagen de Coral Chandler nos conduce a otros cadáveres caídos como el de Jean Simmons en Cara de ángel (que se precipita, a toda velocidad, hacia un acantilado letal con copas, cava y su desenamorado amante) o el de Agnes Moorehead en Dark passage  (que se lanza impetuosamente por la ventana de un elevado apartamento antes de que se haga pública su criminal culpabilidad). En expresión bachelardiana, las imágenes dinámicas dan a conocer el tiempo fulminante,  aquel tiempo sin rostro tan característico del régimen diurno: ¿Está, así, la femme fatale  únicamente ligada al imaginario diurno?

Atención: Coral Chandler, como hemos dicho, desciende en el cielo, pero lo hace LENTAMENTE. Desciende y, en su extrema lentitud, está lejos de la precipitación de la caída. Gilbert Durand contrapone estos dos movimientos de velocidad tan diversa en el régimen nocturno: porque en el régimen nocturno, régimen plenario del eufemismo, se busca el antídoto al paso del tiempo y, en una clara operación de inversión de valores específica de este imaginario, se confirma que “el eje del descenso es un eje íntimo, frágil y delicado, donde se desciende para remontar el tiempo y volver a encontrar la calma prenatal”.  El último anhelo de Coral Chandler no es, a pesar de la voluntad de Rip Murdock, morir como un hombre, sino miniaturizarse lentamente (“todas las cosas pequeñas piden lentitud”, afirma Bachelard):  Coral Chandler, en su deseo de reducción, quiere encontrarse en “el dulce calor de las regiones encerradas que es el primer indicio de una intimidad”.  ¿No es, entonces, una búsqueda de un espacio íntimo, nocturno, el que acaba reclamando Coral Chandler? En las caídas precipitadas de Jean Simmons y Agnes Moorehead se encontraba, claro está, la decisión de morir diurnamente, en plena acción, como el héroe solar que no se para nunca a contemplar el instante preciso de su propia muerte. En la misma medida, aún no tratándose de una caída literal, este esquema se reproduce en la Jane Greer de Retorno al pasado (la cual, dentro de un coche a toda velocidad, se defiende a tiros de las balas de la ley)  o, de manera todavía más modélica, en la Rita Hayworth de La dama de Shangai, reflejada en el laberinto de espejos que la aprisiona, apunta sobre el marido que también empuña una pistola y, disparando contra el reloj, no tiene un momento para contemplar su rostro fragmentado y moribundo.

Coral Chandler se distancia, en el momento de su muerte, de estas empresas heroicas diurnas y se despide sin luchas (acompañada, incluso, de su oponente sexual),  en un gesto de concentrada voluntad de llevar a cabo un descenso íntimo, frágil y delicado. Femme fatale finalmente nocturna, busca, aunque sea sólo en el momento previo a su último aliento, el tesoro íntimo que la concilie con la propia muerte. Pero no es la única. También otras fatales buscan concretar una figuración parecida: pensemos, de un lado, en la Mary Astor de El halcón maltés, en el momento en que su rostro sereno, comprensivo y delicado, en un ascensor que desciende lentamente, contrasta con el hecho de encaminarse a una muerte segura en prisión. Y de otro lado, no se puede olvidar la extraña paz que irradia Gloria Grahame en Los sobornados en el instante de su muerte, después de obtener, de las entrañas de Glenn Ford, el secreto de la feminidad nocturna que tanto ha perseguido, ni tampoco se pueden olvidar los dos momentos sublimes que Barbara Stanwick protagoniza en las últimas imágenes, prácticamente gemelas, de Perdición y El extraño amor de Martha Ivers, dos desfallecimientos en los que la mujer traza un cálido dibujo -un claro gesto delicado- que  busca, en el contacto tibio del revolver de los amantes, un sentimiento profundo de recogimiento.

Sí: existe, como hemos visto, en el turbio paisaje del noir, una imaginería, pero también un imaginario inequívocamente femenino. Más allá del universo peligrosamente diurno, acuoso, mágico e hipnotizador de la femme fatale, Lizabeth Scott, Mary Astor, Gloria Grahame y Barbara Stanwick demuestran que la mujer fatal puede también celebrar una dimensión nocturna capaz de transmutar a Cronos en talismán benéfico.

 

Intemporales, grabadas para siempre, èsas seràn las joyas que el cine norteamericano ofreciò al mundo, y las que recordamos cuando nos venden ese producto-bodrio actual. 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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